Ad hominem 48

Me siento vacío, pero no es un vacío limpio, sino uno lleno de basura, de fragmentos rotos que se niegan a convertirse en palabras. Cada frase que intento trazar se retuerce, pierde su sentido, se burla de mí y se transforma en un monstruo abyecto. Y sin embargo, el no escribir es todavía peor: me siento corroído por dentro, como si me tragara a mí mismo. Nada me pesa más que mi propia incompetencia. Vivo en la tensión perpetua entre la necesidad y la imposibilidad.

Me avergüenza mi propia esterilidad, y, sin embargo, me asfixio si no trabajo. Esta lucha me destruye: siento que el talento existe, pero que se me escapa entre los dedos. Todo lo que escribo me parece falso, indigno. No es que no tenga qué decir: tengo demasiado, y todo se obstina en permanecer informe. ¡Qué tortura esta de querer encontrar la palabra justa y no hallarla! Estoy como un alquimista que busca oro en el barro y solo encuentra barro. No hay mayor miseria para un escritor que sentir la lengua paralizada, ver cómo la idea brilla en la mente y se pudre en la página. A veces temo que la literatura me haya abandonado para siempre.

Quiero escribir, pero todo lo que escribo parece un eco desvaído, un murmullo sin fuerza. Es como si el pensamiento estuviera atrapado en una red invisible. La mente se mueve, pero la mano se queda suspendida, vacilante, inútil. Me frustra esta impotencia, este estar lleno de frases que no encuentro manera de pronunciar. Cuando intento trabajar, las frases se quiebran, se vuelven enemigas. Nada se deja modelar. Entonces me desespero: quiero escribir porque es mi manera de existir. Pero hay días en que la existencia me rechaza como un cuerpo extraño.

Sí, hay días enteros en los que no consigo escribir una sola línea que no quiera después destruir. Es como caminar sobre un pantano: cada paso es un hundimiento. La terrible fatiga de crear me pesa como un hierro al rojo. No puedo explicar este estado más que comparándolo con una enfermedad: uno está consciente, lúcido, pero inválido. A veces paso semanas sin lograr escribir nada que valga la pena. No es falta de deseo: es un bloqueo que nace de la intensidad misma. Cuando siento demasiado, no consigo traducir nada. Me quedo suspendido, como si tuviera una emoción enorme, pero sin palabras.

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