Ad hominem 50

«Los estudios sirven para el deleite, para el adorno y para la capacidad. Su principal uso para el deleite se da en la vida privada y en el retiro; para el adorno, en la conversación; y para la capacidad, en el juicio y en la disposición de los asuntos. Los hombres expertos pueden ejecutar, y quizá juzgar cada detalle por separado; pero los consejos generales y la organización y ordenamiento de los asuntos proceden mejor de los que son instruidos […] No se ha de leer para contradecir y refutar, ni para aceptar ciegamente y dar por sentado, ni para tener conversación y charla, sino para ponderar y considerar […] Algunos libros están hechos para ser sólo probados, otros para ser tragados, y algunos pocos para ser masticados y digeridos: esto es, algunos libros deben leerse sólo en parte; otros deben leerse, pero no con minuciosidad; y algunos pocos deben leerse enteramente, con diligencia y atención […] También hay libros que pueden leerse por delegación, y otros pueden extractarse por un tercero; pero esto solo conviene en argumentos de menor importancia y en libros de menor categoría; de otro modo, los libros destilados son como las aguas destiladas comunes: cosa insípida y desvaída», Francis Bacon, «De los estudios»

«En este libro se aprende a leer, se aprende a leer de manera lenta, profunda, atenta, circunspecta, con segundas intenciones, con puertas abiertas y los dedos finos. Amigos míos, esta obra exige una cosa de vosotros, que quizá no la hayáis aprendido todavía: un arte de leer que está a punto de perderse. Es un arte que exige hoy, más que nunca, casi lo mismo que exigía para los antiguos lectores de poesía: la rumia, la digestión lenta, el detenerse ante cada frase, la descomposición de cada palabra. Leer lento es leer dos veces, tres veces, diez veces. Solo así el texto revela su arquitectura secreta, sus ritmos interiores, su pensamiento más delicado y su veneno más sutil. Y no tengo prisa alguna. Yo, maestro de la lectura lenta, considero una virtud el no pasar de página hasta haber sorbido de ella la última gota de sentido. Toda lectura apresurada es lectura perdida», Nietzsche, «La gaya ciencia», § 381: “Elogio de la lectura lenta”.

«Uno aprende con los años a reconocer, incluso antes de abrir un libro, si merece ser leído. El título, el índice, la bibliografía, la manera en que el autor ha distribuido los capítulos, las notas al pie o la ausencia de ellas, todo ello constituye una suerte de perfil genético del libro. A menudo bastan diez minutos de inspección para saber si un libro es competente, mediocre o indispensable.

Este examen preliminar no sustituye a la lectura, pero la orienta, la prepara, la purifica. La lectura verdadera empieza cuando el lector ha eliminado, con esa primera mirada, toda expectativa vana. Es entonces cuando el libro habla con su voz propia y no con la que nosotros imaginábamos. Y si merece ser releído, entonces ya no es un libro: es una habitación más de nuestra mente, un pasillo de la biblioteca interior que se amplía cada vez que volvemos a cruzarlo», Umberto Eco, «De Bibliotheca. De los espejos y otros ensayos».

«Leer de verdad significa escuchar. Escuchar una voz que viene de lejos, del pasado, del otro, y que exige de nosotros un silencio activo. No hay lectura verdadera sin una disposición de reverencia, de atención. Un libro que merece ser leído exige ser interrogado.

Primero lo abrimos con cautela, después lo seguimos con confianza, finalmente lo enfrentamos con lucidez crítica. La lectura es un proceso en tres tiempos: reconocimiento, acompañamiento, combate. Todo gran lector sabe que el libro sólo se entrega después de la tercera fase, cuando ya no lo contemplamos, sino que discutimos con él, lo contradecimos, lo incorporamos», George Steiner, «Lenguaje y silencio».

«Antes de comenzar la lectura profunda de un libro, el lector debería concederse un plazo razonable para efectuar una lectura de inspección: abrir el volumen, examinar su prólogo, recorrer su índice, detenerse brevemente en los capítulos principales y sondear algunos pasajes. Esta exploración preliminar no pretende sustituir la lectura, sino orientarla: permite comprender la arquitectura general de la obra, descubrir su intención fundamental y advertir si merece una atención más rigurosa. La lectura analítica, en cambio, exige del lector un esfuerzo sostenido. No se trata solo de seguir las frases, sino de identificar cuáles son las preguntas a las que el autor intenta responder, cuáles son sus afirmaciones esenciales y cómo las sostiene. El lector debe reconocer no solo qué dice el autor, sino también cómo lo dice, qué estructura organiza el argumento, y qué supuestos lo sustentan. Esta forma de lectura convierte el libro en un objeto de estudio: se lo desarma, se lo clasifica, se lo compara consigo mismo para reconstruir su lógica interna. Pero la forma más elevada de leer es aquella en la que varios libros se ponen en relación entre sí. La lectura sintópica obliga a consultar diversas obras sobre un mismo problema, no para adoptar la opinión de un autor, sino para confrontarlas, ordenarlas, contradecirlas si es preciso y, finalmente, para llegar a comprender el asunto mejor que cualquiera de los autores considerados aisladamente. Esta lectura comparativa y paralela es la más difícil, pues convierte al lector en juez entre autores y no en discípulo de uno solo. Requiere una mente que no se limite a recibir ideas, sino que sepa relacionarlas, clasificarlas y superar sus aparentes contradicciones. Solo así se alcanza la forma madura de aprender mediante los libros», Mortimer Adler, «Cómo leer un libro».

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