
«A veces me parece que todo lo que hago se ha vuelto extraño y hostil. Quisiera escribir y no puedo; quisiera hablar y tampoco puedo; todo en mí se vuelve lento y pesado como la sangre en un enfermo. Es como si una puerta que antes se abría libremente se hubiese cerrado de repente y me encontrara ante un muro desnudo. Y entonces llegan los días en los que no puedo arrancar ni una palabra de mi interior, y cada frase que intento se me rompe en las manos como un objeto mal fabricado. Pero quizá estos días sean necesarios, quizá en ellos se gesten fuerzas oscuras que aún no conozco», Rilke, «Cartas a un joven poeta».
«Hoy he pasado horas sentada ante el papel, sin lograr que brotara una línea que valiera la pena. Es como si la mente se hubiera vaciado de un solo golpe. Sé que hay algo que quiere salir, lo siento detrás de una especie de cortina vibrante, pero en cuanto intento asirlo desaparece. Me irrita esta esterilidad como si fuera un defecto moral ¿Cómo he podido escribir otras veces? ¿Quién era esa mujer que escribía sin esfuerzo? No la reconozco. Ahora solo conozco esta mente fatigada, obstinada en su silencio», Virginia Woolf, «Diario», 20 de abril 1921
«No he escrito nada. Ni siquiera una frase mínima. Y sin embargo, cada día me devora la necesidad de hacerlo. Pero en cuanto tomo la pluma, me paralizo. Me siento como un aparato que ha perdido la corriente. No es que no haya pensamientos; al contrario, hay demasiados, y todos pugnan por entrar a la vez, y esa lucha los aplasta. De este modo, lo que podría ser claro se vuelve turbio, y lo que era vivo se marchita antes de nacer. No conozco tormento mayor», Kafka, «Diario», 21 de agosto de 1913
«La verdadera desgracia no es no escribir: la verdadera desgracia es querer escribir y no poder. He pasado la tarde entera en mi habitación, absolutamente incapaz de poner una palabra detrás de otra. Es un cansancio que no proviene del cuerpo, sino del alma. Se diría que la sangre deja de circular por el espíritu. A veces pienso que esta impotencia es el verdadero rostro de mi vida. ¿Para qué sigo intentándolo? Y sin embargo, si no lo intento, es peor todavía», Cesare Pevase, «Il mestiere di vivere», 1938.
«Hoy he trabajado durante cuatro horas y no he producido una sola página que no me avergüence. Es un estado espantoso: la voluntad sigue ahí, pero la mano está muerta. Y cuando esto ocurre, uno se siente como un músico que ha perdido el oído pero no la memoria de la música. Hay días en los que escribir es un sufrimiento físico, como si el pensamiento se negara a entrar en la palabra. En otros momentos, cuando releo lo escrito, me parece que soy un desconocido para mí mismo», Stenvenson, carta a Edmund Gosse, 1885
«No consigo escribir. Siento dentro de mí algo inmenso queriendo definirse y, al mismo tiempo, huyendo de toda definición. Me desespero. Es un estado de falta de forma que me oprime. No sé si es ausencia o exceso, si es silencio o ruido. Cuando estoy así, no soy capaz de comenzar ninguna frase: todo nace muerto, todo se deshace antes de tener nombre», Clarice Lispector, carta a Olga Borelli.
