Ad hominem 52

Christian Sanz es un hombre de salud precaria, pero aquella fragilidad está envuelta en un aura selvática. Tiene la piel fina, casi transparente, como si estuviera iluminada desde dentro. Sus ojos bonitos, guardados en gruesas gafas pasadas de moda, ojos castaños, miopes y brillantes -ojos de insomne perpetuo- dominan un rostro que parece siempre en estado de espera, atento al más mínimo matiz. La voz es grave, propia de un fumador, muy pastosa, con un ir arrastrándose que a veces se confundía con una borrachera. Sus manos, cardenalicias, demasiado largas para su cuerpo, parecen flotar en el aire cuando habla, como si escribieran líneas invisibles o dirigieran una orquesta sinfónica de talla mundial.

En fin, un aire de pájaro frágil y alerta. Cabello oscuro cayendo inexorable en calvicie descuidada sobre una frente amplia y pensativa. Su boca, de dibujo perfecto, tiene un gesto de ironía perpetua. Su rostro parece el de alguien que hubiera visto demasiado: anguloso, magnífico, con una intensidad de animal bondadoso. Hay algo mineral en su expresión, una especie de dureza luminosa. Y sin embargo, cuando sonríe -no pocas veces-, esa luz se vuelve humana, cálida, como si por un instante la distancia entre él y el mundo se cerrara.

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