Ad hominem 53

Christian Sanz no tiene el desparpajo narrador de Márquez, ni la simpatía arrolladora de Divisa, ni la capacidad de ternura y horror en un mosaico «trencadís» de Colell. Sus ratas -confesémoslo- se acumulan en el desván y lo envenenan y corroen provocándole un temblor perpetuo. Su interior, como en Virginia Woolf, es cárcel y paraíso (psicológicamente es un péndulo: pasa del entusiasmo iluminado al hundimiento abismal, pero incluso en la caída mantiene un orden secreto, una lucidez capaz de observar su propio derrumbe) Nunca sospechó de las personas demasiado apasionadas. Me temo que la razón es un instrumento más bien tosco; prefiero la sensibilidad, la ternura a flor de piel, que es un arma más delicada y, quizá (o sin quizá) más misericordiosa. Aquí se diferencia de Borges (su genial y victoriana elegancia: esa forma de moral que consiste en no molestar al lector, en no imponerle su yo) ¿Lo sublime en lo impuro? ¿Amar lo que destruye? ¿Roer la propia sombra? Sí y no. No es estrictamente baudeleriano; a veces prefiere el prudente punto medio aristotélico.

La luz torcida de la tarde, las páginas leídas que entran y salen de mi mente, el descanso tras la visión confusa, la imposibilidad de alcanzar una pequeña perfección, el recuerdo de mamá, las voces y miradas que me ven, las voces e imágenes que sueño…solo deseo estas pequeñas certidumbres.

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