
Cada mañana me levanto con la esperanza de que algo, lo que sea, me golpee en la cabeza y me permita arrancar con esa pasión-febril, fatal- llamada «escribir». Me siento frente al ordenador sin saber si la inspiración (ese subterfugio para zánganos) va a concederme su visita o me dejará sentado como un pasmarote. Pero descubrí que hay una forma de incitarla: escribir, escribir y escribir. Aunque sea basura, aunque sean frases deslavazadas y párrafos que te avergüencen por su indignidad estética. No importa. Lo único que importa es disponer mecánicamente el cuerpo frente a la pantalla. Una página mala puede corregirse; una página inexistente no tiene salvación. Si esperas a estar inspirado, eres un cadáver. Si escribes, aunque sea mal, ya estás vivo. El truco es ése: insistir hasta que los dioses aparezcan. No hace falta drogarse ni beber. Solo emborronar maníaco con el teclado.
A veces tardas horas en encontrar esa frase verdadera; otras, un día entero. Pero una vez la tienes, el resto viene solo. El peor enemigo del escritor es ese forcejeo tenso con la página en blanco. En esos casos sal del mundo obsesivo que te ahoga: habla con gente, cocina, arregla cosas, recopila citas, escucha conversaciones en la tertulia de El Cercano, mira la tele, pasea con la perrilla. Y entonces, sin aviso, algo empieza a moverse dentro. Las palabras maduran en secreto, igual que semillas bajo tierra. Cuando vuelvas al despacho ya no estarás solo con tus obsesiones estilísticas: traes contigo el rumor de la vida. Uno no puede escribir desde un pozo vacío. Hay que llenarlo, aunque sea con la experiencias más humildes.
El peor pecado del escritor es la corrección prematura y perpetua. Cuando te bloqueas seguramente es porque ya estás intentando juzgar el párrafo antes de haberlo escrito. Entonces dite: “Christian, suéltalo todo. Escríbelo todo. No importa que sea malo. Solo escribe”. Cuando dejo de intentar escribir bien, escribo bien. Cuando renuncio al control, la voz, el tempo, el ángulo, la visión vuelven. Creo que el bloqueo no es falta de talento: es exceso de vigilancia.
Escriban pavadas, textos sin sentido, hagas dedos como el pianista, imaginen diálogos entre objetos, o palabras que se persiguen por el sonido, jueguen con la sinestesia y los calambures y los palíndromos. Verán que, de pronto, aparece una frase verdadera en medio de las chorradas, como un pez brillante en aguas turbias. La literatura no siempre nace del esfuerzo; muchas veces nace del juego.
