Ad hominem 55

A veces soñé con la página perfecta. Como un párrafo de Ruskin, como unas líneas de Borges, como un verso sereno y ponderado de Kavafis. Donde la impresión, la intención de aquello que se quiere decir, tuviera una exacta correspondencia o trasunto con la expresión, con lo escrito. Y hubieran unas perfectas transiciones en el fluir rítmico, y la palabra fuera, a la vez, tan evocadora como exacta. Sueños imberbes de perfección, puerilidades de soñador. Todo escritor -creo-, incluso el más veterano, conserva en lo más hondo un adolescente que cree -o quiere creer- que algún día escribirá algo tan justo, tan idéntico al impulso interior, que ya no tendrá que corregir, ni tachar, ni revisar ni dudar. Ese sueño no desaparece jamás: se vuelve más discreto, más cínico, más oculto, pero sigue ahí, como una lámpara iluminando tus estancias despiertas y oníricas.

El sueño secreto de toda literatura: que el sentir y el decir coincidan, que no haya residuo, ni se pierda nada en la traducción del espíritu al lenguaje. Pero esa exactitud no existe. El lenguaje es siempre un mediador, nunca un espejo perfecto. La emoción es infinitamente más compleja que las palabras que la contienen. Y sin embargo…

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Gustave Flaubert, carta a Louise Colet, 16 de enero de 1852:

«Lo que busco es algo que quizá no existe: una frase perfecta, una frase que no pueda ser alterada sin destruir el conjunto. No quiero que se note en mí al escritor, sino al artesano. Paso horas escribiendo una línea, una sola, para lograr que su ritmo caiga justo donde debe caer, para que cada palabra pese exactamente lo que tiene que pesar. Es mi sueño -y mi suplicio- que un día el lector pueda sentir la impresión que yo sentí al concebirla. Pero esa correspondencia rara vez se alcanza. Y sin embargo, sigo buscándola como un loco, empujado por una fe casi religiosa en la música secreta de la prosa».

Jorge Luis Borges. Prólogo a «Historia de la eternidad», 1936:

«Uno escribe una página con la esperanza de que al terminarla parezca inevitable. La ambición secreta es que el lector crea que el párrafo no pudo haber sido de otro modo, que la expresión corresponde exactamente a la intención. Pero sé que esa es una expectativa absurda; el lenguaje es siempre un poco ajeno, siempre una traición. Sin embargo, a veces ocurre el milagro: una frase cae en su sitio con la precisión de una flecha que da en el blanco. Entonces creo -por un instante- que la página perfecta existe. Después vuelvo a escribir, y la ilusión se desvanece».

Paul Valéry, de «Variedades», 1938:

«Una obra nunca se termina, solamente se abandona. Esta frase es interpretada como ironía, pero es una verdad simple: cada línea que escribo podría ser mejorada indefinidamente. El ideal de perfección es una línea que persigo sin llegar jamás a tocarla. Y, sin embargo, escribo con la esperanza absurda de que un día la coincidencia sea perfecta, que la palabra diga exactamente lo que la mente ha concebido. Pero el espíritu es una llama fluctuante, el lenguaje un instrumento torpe. Entre ambos, la perfección es un espejismo: nos guía, pero no nos pertenece».

Vladimir Nabokov, «Strong Opinions», 1973:

«La única página que me interesa es la que se acerca a la perfección, esa página donde la estructura, la música interna y el sentido se combinan con absoluta inevitabilidad. Sé muy bien que esta perfección es un ideal que se escapa, pero es justamente esa fuga lo que me estimula. Escribo y reescribo hasta que el ritmo es exacto, hasta que la palabra no puede ser reemplazada sin destruir el conjunto. No busco la emoción inmediata: busco la forma perfecta, la transparencia cristalina. Es una ambición absurda, pero sin ella la literatura no tendría para mí ningún interés».

John Ruskin, de «Modern Painters», 1843:

«La verdadera excelencia del estilo consiste en que la impresión producida por las palabras coincide con la impresión que el autor ha recibido. Si no existe esa correspondencia, la prosa es un artificio vacío; si existe, es un acto de verdad. He dedicado mi vida a perseguir esa exactitud, a describir la luz, la atmósfera, la emoción con una fidelidad que no traicione lo vivido. Esta búsqueda es interminable, pero cada vez que logro acercarme a esa unión -aunque sea por un instante- siento que el arte ha cumplido su promesa».

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