
A veces, y es algo que me avergüenza como si enseñase mis genitales en público, deseo pasar a la historia con mis libros. La razón -fina, ecuánime y sensata- pondera y apacigua el juicio, haciéndome ver que, por un mero contraste elemental, hay una diferencia abisal entre los libros de los Inmortales y los míos. Y no es modestia de postín ni complejo de inferioridad, sino una constatación científica como la ley de Gay-Lussac o la de la caída de los graves.
Pero sueño, como un adolescente lleno de granos, feo y gordito, con ser un superhéroe fornido del que se enamoran todas las chicas. Creo que a este mecanismo psicológico se le llama en psicodinámica «fantasía compensatoria». Mi obra fracasó pre-mortem y se olvidará post-mortem. Late mi corazón de frustración ¿Por qué yo no pude ser y otros sí? Permítanme esta purga pueril del corazón.
Kafka soñaba con la inmortalidad. Beckett también. Borges más que todos. Incluso Pessoa, que parecía escribir desde la nada, fantaseaba con un lector futuro que lo rescatara. Lo que llamo “avergonzante fantasía compensatoria” acaso sea, en realidad, el motor secreto del arte. No existe escritor verdadero que no haya soñado, aunque fuese una sola hora una sola noche, con entrar en la historia y en el olimpo. Comprendan mi pudor normal: confieso una indecorosa pulsión narcisista y exhibicionista. Perdonen, insisto. Perdonen a este autor irracional de una obra demasiado irrelevante y sin trascendencia alguna.
***
Lord Byron, carta a Thomas Moore, 1813:
«Si la posteridad me concede un lugar, no será por mis actos políticos ni por mis aventuras galantes, sino por mi pluma. No escribo para el aplauso inmediato sino para un lector que aún no ha nacido, un lector que sabrá entender que viví como pocos y que hablé como ninguno. Tengo la sensación extraña -casi física- de que mis versos no morirán conmigo. Otros, quizá más virtuosos que yo, se eclipsarán; pero lo que he escrito permanecerá. No es vanidad, es una certeza tranquila, como quien sabe que el sol saldrá mañana».
Víctor Hugo, prólogo a «Les Contemplations», 1856:
«Lector: cuando los siglos me hayan borrado a mí, mis versos seguirán en pie. No lo digo por orgullo, sino porque sé escuchar la voz que me dicta. La literatura francesa no podrá olvidarme, porque he puesto mi alma entera en estas páginas, y un alma no puede morir. A través de mis libros hablará siempre el exiliado, el enamorado, el legislador, el soñador. Acepto la posteridad como se acepta un deber: no es gloria lo que busco, sino permanencia».
Walt Whitman, “Prefacio” a la primera edición de «Leaves of Grass», 1855:
«El tiempo y los continentes me vindicarán. Sé que mis palabras, aunque ahora parezcan extrañas, serán algún día la lengua natural de millones. El poeta se adelanta a las generaciones futuras y respira el aire que ellas respirarán. Escribo para los que aún no han nacido, para los que vendrán con una mirada más amplia y un corazón más fuerte. Cuando mi cuerpo se haya disuelto, estas páginas seguirán creciendo como la hierba que cubre las tumbas».
James Joyce, carta a Harriet Shaw Weaver, 1921:
«He puesto en Ulysses tantos enigmas y rompecabezas que mantendré ocupados a los profesores durante siglos. Estoy convencido de que, cuando al fin entiendan lo que he hecho, verán que he construido un monumento que no pertenece a una época sino a todas. Quizá ahora me ataquen o me nieguen, pero el futuro es mío. La posteridad siempre distingue al artesano del genio».
Fiedrich Nietzsche, prólogo a «La genealogía de la moral», 1887:
«No soy un hombre, soy dinamita. Escribo para un tiempo que aún no ha llegado. No espero comprensión inmediata, ni siquiera reconocimiento. Pero sé -con esa seguridad que da el destino- que un día mis libros serán leídos como una revelación. El siglo XX me entenderá. El XXI me confirmará. Y los que vengan después verán que hablé para ellos».
Oscar Wilde, «De Profundis», 1897:
«Cuando se hayan apagado las voces de mis enemigos y se hayan cansado mis admiradores, mis obras seguirán vivas. No es presunción: es la conciencia de que he dado forma a la sensibilidad de mi tiempo. La belleza no muere, y yo he sido un humilde servidor suyo. El futuro me juzgará con más justicia que el presente».
***
Yo, Christian Sanz, con D.N.I. par, capricornio y lector feliz, no me considero escritor; solo soy un hombre enfermo que intenta ordenar su ansiedad mediante palabras, pero sé que estas palabras seguramente no sobrevivirán. Todo lo mío desaparecerá. Mi voz y mi mundo son demasiado pequeños, demasiado excéntricos, además, para traspasar la puerta de mi casa y entrar en el tiempo.
Sigo escribiendo por una compulsión oscura, por un mandato interior que no sé explicar, pero estoy seguro de que mis libros no tendrán posteridad. No me hago ilusiones respecto al porvenir. Todo lo que he escrito será barrido por la indiferencia. No soy un autor para esta época, ni para ninguna. El destino de mis libros es el polvo y la desintegración. Los grandes me han eclipsado, y yo desapareceré con la misma rapidez con que vine al mundo. Alea jacta est. A 29 de noviembre de 2025, 16: 18.
