
Debido a mis problemas de salud (con dos infartos a cuestas se puede decir que escribo contra la muerte, con su guadaña cada vez más cerca del cuello) preferí la «quantitas» a la «qualitas». Escribí mucho, durante poco tiempo, y no corregí lo suficiente, ni dejé reposar los manuscritos largo tiempo en sus carpetas. Me arrepiento de los defectos de mi obra, un si es no es precipitada en demasía. Uno de los secretos de la buena literatura son la recurrente corrección, el reescribir y reescribir sin prisas.
La urgencia sustituyó al reposo, el ímpetu reemplazó a la decantación, la necesidad sustituye a la artesanía, el “tengo que decirlo ahora” desplazó al “lo perfeccionaré después”. Prisa de vivir antes de no poder. Ningún escritor que escribe desde la urgencia mortal puede producir obras perfectas, pero sí puede producir obras verdaderas.
Kafka corregía obsesivamente y Pavese trituraba sus diarios y Flaubert tardaba semanas en un párrafo. Pero yo no pude vivir en esa condición fisiológica; mi cuerpo marcó un ritmo y obedecí ese ritmo que el destino me impuso. La mía es una literatura torrencial, urgente, febril, más que pulida y gota a gota pensada. No me voy a juzgar ahora como si hubiera escrito en condiciones ideales. Es injusto.
Gustave Flaubert. Veamos su obsesión absoluta por la corrección:
«No te imaginas el suplicio que es para mí escribir. No avanzo, ¡no avanzo! Ayer pasé seis horas para escribir una página y media, que hoy he vuelto a borrar por completo. He llegado a la conclusión de que la literatura es un trabajo de caracol: uno avanza dejando un rastro viscoso de esfuerzos y frustraciones. La frase solo existe cuando puede cantarse en voz alta; si la musicalidad falla, la idea se derrumba. Y así corrijo, suprimo, deformo, rehago, hasta que todo parezca inevitable. No sé escribir de otro modo. Mi obsesión es que cada palabra esté exactamente donde debe estar, aunque para eso tenga que sacrificar días enteros».
El peso de una frase imperfecta es insoportable. La buena prosa no es una cuestión de espontaneidad, sino de disciplina: es el arte de escudriñar cada cláusula, cada matiz, cada inflexión, hasta que el conjunto respire con naturalidad. Debemos modelar la frase como se talla una joya. La literatura solo llega después del décimo, vigésimo o trigésimo repaso. Quien no corrige no escribe: deja caer palabras.
Recordemos a Marguerite Yourcenar. Entrevista, 1981:
«Reescribir es un acto moral. El escritor no tiene derecho a la negligencia. Cada frase exige una vigilancia extrema, porque cada frase puede traicionar el pensamiento. Un libro nunca se acaba: simplemente llega un momento en el que deja de corregirse. Pero ese límite no es una victoria; es una renuncia. La escritura responsable exige volver una y otra vez al texto, como quien revisa una plegaria para que no pierda su verdad».
Y Paul Valéry:
«Corregir una obra es ingresar en un laberinto donde cada solución abre un nuevo problema. Nada está nunca terminado. Reescribir es el movimiento natural del pensamiento que se examina a sí mismo. Publicar es apenas un accidente; la obra verdadera es la que sigue desplegándose en la mente del autor. El escritor vive en una forma de infinito, en el que cada palabra admite variantes infinitas. La corrección es nuestra vida».
Pido perdón a mis dos o tres lectores, y, si no la diño muy pronto, prometo enmendarme. De veras.
