
La prosa artística -la verdadera, la que aspira a belleza y precisión- es uno de los oficios más difíciles que existen, infinitamente más arduo que la poesía breve y que la narrativa “de aeropuerto”.
La poesía admite cierto fulgor repentino; la novela comercial, cierta inercia; pero la prosa artística es una construcción continua, un esfuerzo sostenido de precisión, ritmo, ideas, imágenes y respiración. Quien dice que “escribir prosa es fácil” escribe prosa funcional, no literaria. Escribir es como mantener girando muchos platos en unas varillas sin que ninguno caiga al suelo (el léxico, el ritmo interno, la respiración sintáctica, las metáforas coherentes, el tono, la precisión, la eufonía, la imagen, la proporción del párrafo, las transiciones lógicas; cada uno de esos platos puede caer)
La frase solo existe cuando puede cantarse en voz alta (Flaubert) Ser buen escritor es como ser un virtuoso del arpa. Y el escritor debe ser capaz de examinar cada frase como un cirujano examina un órgano vivo: con cuidado, con frialdad, con una especie de amor feroz. No hay concesiones. El lenguaje debe ser una herramienta precisa, no un vehículo caprichoso. La verdad no se improvisa: se persigue, se cava con una pala diminuta, se limpia grano a grano. La frase perfecta se esconde, se burla, se desvanece. Y uno avanza a tientas, con miedo, con sospecha, con una especie de terror tranquilo. Cuando, después de horas, encuentas una frase que fluye, que ilumina, que parece inevitable, cuando, tras denodado esfuerzo, derribaste o hiciste un boquete en la pared, sientes algo parecido a la felicidad. Pero es una felicidad paradójica y fugaz, porque sabes que a la mañana siguiente la pared está alzada de nuevo, frente a ti, que la frase vuelve a resistirse.
Me gustaría acabar esta nota con una cita de Goethe. En ella traza el itinerario de un escritor con su sabio -e inevitable- colofón final:
«El arte de escribir no consiste en acumular palabras, sino en depurarlas. El estilo nace cuando uno ya no busca adornarse, sino hacerse claro. Lo más difícil es la simplicidad, pues exige haber pasado por todas las complejidades. Los escritores jóvenes quieren brillar; los maduros quieren decir. Y, sin embargo, solo después de escribir mucho y de equivocarse mucho se llega a una frase que parezca sencilla. Toda obra grande tiene detrás un largo proceso de renuncias: renuncias a lo inútil, a lo inflado, a lo que distrae. El estilo es la victoria sobre uno mismo», Goethe, «Conversaciones con Eckermann».
