
No fui un erudito, fui un apasionado; no enseño, ensayo; me gustaría ser letrado, pero soy apenas un curioso, un diletante. En su sentido originario italiano, «dilettare», designaba al que ama un arte por puro placer, no por obligación profesional. El diletante verdadero -como Montaigne, Browne, Pessoa, Joubert, Cioran, Pater, Borges- suele ser superior al especialista porque escribe desde un fuego interno, no desde un expediente académico.
Estudié en la universidad algo de matemáticas, un poco de filosofía e idiomas. Nunca literatura, de la que era un gran aficionado y lector, pero que no estudié de forma oficial o reglada. Esto me creó cierta inseguridad. A veces percibo en mi formación humanística lagunas, o huecos en mi saber literario. Puedo afirmar con convicción (también exagerando un poco) que soy solo un dominguillo de las letras.
¿Qué atributos, condiciones o disposiciones interiores exigen el oficio de escritor? Acaso sea preciso vivir (vivirla entera) la necesidad de la escritura. Y probidad para no permitir la frase floja, el sentimentalismo cursi, la imagen fácil, el tono forzado. Y gran afición a pulir, repulir, escamondar, limar, trabajar, podar, lijar los textos. Escribir tiene algo de sacrificado oficio tiránico. No basta con ser un erudito de la gramática ni con una biblioteca espléndidamente surtida. Hace falta una cierta manera de ver el mundo, una mirada idiosincrásica, ese lugar donde solo tú pones la la cámara.
Y la mente necesita algo similar al ocio para pensar. Y una vida interior que exija expresión. Vivir con una atención febril, con un oído siempre despierto, dispuesto a registrar aquello que nadie oye. No buscar el dinero, el aplauso, la fama, la recompensa inmediata. Y una paciencia de copista medieval, y un fervor de místico, y el desapego del jugador que sabe que puede perderlo todo.
Henry James, «The Art of Fiction»: «El único requisito indispensable para ser escritor es poseer una mente vorazmente receptiva. El escritor debe ser capaz de vivir mil vidas, de sentir los matices más sutiles de cada emoción, de observar sin descanso. Todo lo que ve, todo lo que oye, todo lo que experimenta, debe transformarse en parte de su capital imaginativo. La experiencia personal importa menos que la intensidad con que se la percibe. No hay tema indigno si el ojo que lo mira es lo bastante atento: el talento del novelista es, en esencia, un talento para percibir».
Cesare Pavese, «Il mestiere di vivere»: «Para escribir no basta con observar la vida: hay que vivirla dos veces. Una cuando sucede y otra cuando la recordamos. Solo lo que ha penetrado hasta lo más profundo, lo que ha dolido o iluminado en exceso, se convierte en materia literaria. El escritor es aquel que, incluso en el instante del placer o del sufrimiento, siente en el fondo de su alma una segunda voz que dice: «No lo olvides; algún día lo escribirás»».
Stefan Zweig, «El mundo de ayer»: «El escritor es, por naturaleza, un ser de sensibilidad peligrosa. Siente demasiado, ve demasiado, recuerda demasiado. Donde otros encuentran solo hechos, él percibe presagios. Donde otros sienten una emoción, él siente veinte variaciones de esa emoción. Esta capacidad es un don y una condena. Sin esa exageración interna, sin esa vibración continua, no hay verdadero escritor».
En resumidas cuentas, el peor enemigo del escritor es la complacencia. Uno debe desconfiar de todo lo que escribe demasiado fácilmente, de todo lo que halaga al lector, de todo lo que se acomoda al gusto del tiempo. La única obligación del escritor es ser fiel a su propia verdad, aunque esa verdad ofenda a todo el mundo.
