
Schiller, antes de ponerse a escribir, olía manzanas en descomposición o, T.S. Elliot, que, mientras escribía, se pintaba la cara de verde para sentirse más poeta. Robert Walser, se dedicaba a recorrer kilómetros y kilómetros mientras hilaba sus pensamientos. Víctor Hugo, para poder cumplir con el plazo de entrega de una obra, ordenó a su servicio que le escondiera toda la ropa. Hemingway escribía de pie (como el ensayista E. Said o Philip Roth, Virginia Woolf y Lewis Carroll) y tenía como amuleto una pata de conejo. La rutina de Alice Munro era casi una coreografía diaria: levantarse, desayunar, cumplir una cuota de páginas escritas y, acto seguido, salir a estirar las piernas por su vecindario canadiense. Jean-Paul Sartre se rodeaba de ruido, tabaco y alcohol (y anfetaminas) A Kafka, escritor nocturno, la oscuridad le iluminaba la mente. Heidegger se retiraba a su cabaña en la Selva Negra. Truman Capote, Mark Twain, Vicente Aleixandre y George Orwell escribían ¡acostados! Karl Marx pasaba el día entero en el Museo Británico, desde que abría hasta que cerraba. Balzac tomaba ingentes cantidades de café…
Supongo que la inseguridad pertenece a la psique de un escritor, por lo que entiendo estas manías o rituales estrafalarios. Y digo estrafalarios y chamánicos porque escribir es, a mi juicio, una actividad eminentemente epistémica y no una obra de druidas. Pero creo que el ritual no contradice lo epistémico: lo prepara. El ritual no busca conocimiento, sino el estado mental propicio para que el conocimiento fluya. En otros términos: la razón necesita un umbral irracional para activarse. Incluso el matemático lo sabe: Hardy jugando al cricket, Grothendieck cultivando huertos, Wittgenstein construyendo una cabaña en Noruega.
Yo, lo admito, tengo mi propia escenografía, sin la que me sería muy difícil escribir: la luz orensana, el café, el paseo entre las estanterías de mi biblioteca, el olor de los libros viejos, el ritmo matinal de lectura y la noche como umbral de introspección.
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Gustave Flaubert. Carta a Louise Colet, 1853:
«Me he pasado el día entero encerrado, buscando una frase que se me escapa como un pez vivo. A veces camino por la habitación, a veces grito, a veces me siento en la silla sin moverme durante horas. Necesito que cada palabra encaje con la necesidad interna de la frase, como una nota en una partitura. No puedo escribir si en la habitación hay el menor desorden, si una silla no está en su sitio, si la lámpara está mal orientada. El mismo acto de sentarme significa ya aceptar la tiranía del estilo. Y en cuanto empiezo, todo se vuelve un combate entre el sueño de la frase y la posibilidad de realizarla».
Franz Kafka. Diarios, 1910–1923:
«De nuevo la noche me salva. La oscuridad me recoge como una vieja madre comprensiva. Durante el día no puedo escribir: mi mente está cercada por la vida vulgar, por el ruido del mundo. Pero al llegar la noche todo adquiere transparencia: mis pensamientos se vuelven dóciles y me siguen. Mi cuerpo casi desaparece, solo queda una claridad febril en la cabeza. Escribo hasta que me duelen los huesos, hasta que la silla me rechaza. Y aun así, en esas horas, siento que cumplo el verdadero destino de mi espíritu».
Ernest Hemingway. The Paris Review, entrevista (1958):
«Cuando estoy escribiendo una novela, siempre comienzo al amanecer. No hay ruido, nadie interfiere. Escribo en una mesa alta, de pie, porque me mantiene despierto y alerta. Me detengo cuando todavía sé lo que va a ocurrir después; es una vieja estratagema para engañar al agotamiento. Durante el resto del día, mientras camino o bebo o miro el mar, las frases siguen ardiendo en mi cabeza. Lo importante es proteger el fuego».
Virginia Woolf. Diarios, 1929:
«Escribo por la mañana, siempre de pie, ante una mesa demasiado alta para mí, lo cual me obliga a una especie de inestabilidad que parece avivar mis ideas. Me rodeo de silencio absoluto: cualquier voz humana me interrumpe como una piedra arrojada a un estanque. Necesito el rumor lejano de la casa, sí, pero no su presencia. El manuscrito ha de respirar solo».
Thomas Mann. Carta a Agnes Meyer, 1941:
«No puedo comenzar la jornada sin un mínimo de ceremonia. Debo ducharme, vestirme con corrección, poner en orden la mesa y afilar los lápices. Luego me siento y espero. A veces no ocurre nada durante media hora: pero esa espera es mi manera de inclinarme ante el trabajo. La literatura exige reverencia».
Como colofón señalar las rarezas del poeta y novelista Arnau Soldevila i Bruch (n. 1988, Vic) Cito de la entrevista en la revista “Fulls de Tramuntana”, nº 14 (2024):
«Jo no puc escriure sense abans practicar el que anomeno la litúrgia del contrast. A les cinc del matí, quan el cel encara no ha decidit si vol ser nit o dia, baixo al pati interior del meu pis de l’Eixample amb una palangana plena d’aigua gelada i una altra d’aigua gairebé bullent. Després hi submergeixo alternativament els peus, en una i en l’altra, mentre recito en veu baixa versos d’Ausiàs March i fragments de manuals d’electrodomèstics dels anys setanta.
Quan noto que la pell comença a tremolar, torno a dins de casa, col·loco tres mandarines a l’ampit de la finestra (sempre tres, mai dues ni quatre: supersticions de la meva àvia), i em poso uns guants de làtex color fúcsia que només faig servir per escriure. Encenc aleshores una llumet molt petita que vaig comprar en un mercat d’Olot i començo a escriure sempre la mateixa frase, que després esborro, però que és necessària per obrir la comporta interior: “Cap paraula no és digna si no ha estat remullada abans en silenci.”
Només després d’aquest petit desvari matinal puc començar a treballar. Sé que és ridícul, però cada paraula que escric sembla més vertadera quan ha passat pel sedàs del meu petit caos ritual. Sense estridències no hi ha estil. Sense un toc de follia, la prosa no respira».
