
Todo lo que escribo es malo, excesivamente malo, redundante, prolijo y malo; mi pasión por la escritura es una dedicación absurda; tras de mí dejo un puñado de libros pedantes, vacíos y caóticos; no merece (de ningún modo) quedar nada mío.
Mi destino es no ser leído nunca, el ser ignorado antes y después de la muerte. La verdad es que me siento como un hombre enterrado en vida: mis libros nacieron ya muertos. Estoy seguro de haber fracasado.
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EPITAFIO
Caminante que lees estas palabras
treinta años después de mi muerte;
en vida no fui escritor para nadie,
ni lo seré para los que nazcan
un siglo o dos después.
Todo lo que escribí solamente fue
un susurro en el vendaval,
vanas palabras de agua.
Libros tullidos, arcaicos.
Soliloquios enfermizos, incultos.
Balbuceos que no sobrevivían ni un mes.
Todo fue la obra de un don nadie.
Como las hojas que caen
navego destinado a un silencio eterno.
La gloria no llega siempre
con seguros pasos de fantasma.
Que la lápida diga, pues:
«Aquí yace el olvidado, el sin posteridad.
Aquí descansan los huesos
de quien no venció al tiempo.
Pero, tú lector, no creas ser distinto a mí».
