Ad hominem 64

(i) Pascal. El divertissement y el vacío

«Nada es tan insoportable para el hombre como estar en reposo total, sin pasiones, sin ocupación, sin diversión, sin aplicación. Siente su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío. Inmediatamente brotará del fondo de su alma la tristeza, la melancolía, el tedio, el despecho, la desesperación».

«Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: de no saber permanecer en reposo en una habitación».

(ii) Kierkegaard. La desesperación como enfermedad del yo

«La desesperación es la enfermedad en el espíritu, en el yo. Así como la fiebre envuelve el cuerpo, la desesperación envuelve la conciencia. No es que el desesperado no tenga un yo: es que no soporta tenerlo o desea ser un yo que no puede ser. Y esta contradicción interior es la forma más oculta y más ardiendo de sufrimiento».

«La mayor desgracia no es sufrir desesperación, sino no saber que se desespera; vivir disperso en infinitas posibilidades, sin llegar jamás a ser uno mismo».

(iii) Hannah Arendt. El desierto espiritual moderno

«La soledad, la verdadera, no la simple separación de los demás, es aquella en la que uno está abandonado por sí mismo. Y esta soledad espiritual, donde el pensamiento ya no puede encontrarse con la experiencia, es el terreno fértil para las ideologías totalitarias. Allí donde los lazos humanos se disuelven, las masas buscan refugio en cualquier ficción que prometa restaurar un sentido perdido».

«Nuestra época ha desarraigado al hombre del mundo. Al romper las tradiciones y las certezas comunes, lo ha devuelto a la desnuda interioridad, donde el yo no encuentra ya nada sólido a lo que aferrarse».

(iv) Max Weber. El desencantamiento del mundo

«El destino de nuestro tiempo se caracteriza por la racionalización, la intelectualización y, sobre todo, por el “desencantamiento del mundo”. Ya no hay misterios sagrados que nos hablen. Todo está disponible, todo es calculable. Pero este mundo sin dioses no satisface el hambre de sentido. La ciencia puede explicar, pero no puede dar un porqué último».

(v) Charles Taylor. La era del yo absoluto

«La cultura contemporánea nos ha encerrado en lo que llamo el “yo encapsulado”: una subjetividad cerrada sobre sí misma, autosuficiente en apariencia, pero en realidad privada del horizonte trascendente que daba profundidad a la existencia. Esta clausura espiritual produce fragilidad, ansiedad y un vacío que las sociedades tratan de llenar con placeres, identidades o causas efímeras».

(vi) Zygmunt Bauman. La modernidad líquida

«Ser moderno significa estar condenado a la búsqueda perpetua: de identidad, de felicidad, de sentido. Pero todos esos objetivos se disuelven antes de ser alcanzados. Nada es sólido, nada dura, y por eso nada satisface. Las relaciones se vuelven frágiles, los vínculos se diluyen, y la vida interior se convierte en una sucesión de tentativas sin reposo».

(vii) René Girard. El deseo mimético y el resentimiento

«El hombre moderno cree desear objetos, pero en realidad desea el ser de otros hombres. Su deseo no es espontáneo ni autónomo: es mimético. Y esta imitación, que en apariencia parece inocente, engendra rivalidad, resentimiento y violencia. La sociedad sin trascendencia es una sociedad librada al contagio universal del deseo».

«Cuando desaparecen las barreras simbólicas que limitan el deseo, este se vuelve infinito y, por tanto, destructivo. La crisis de nuestra época es, ante todo, una crisis del deseo sin mediación».

(viii) Byung-Chul Han. La psicopolítica y el cansancio del yo

«La hiperactividad y el rendimiento constante no son expresión de libertad, sino de un nuevo tipo de coacción. El sujeto neoliberal, que se explota a sí mismo en nombre de la autonomía, es simultáneamente esclavo y señor. Esta autoexplotación conduce al agotamiento, la depresión y la frustración permanente».

«La desaparición de lo secreto, lo oculto y lo sagrado en favor de una transparencia total empobrece el alma. La transparencia es pornográfica: destruye la distancia necesaria para la contemplación y para la profundidad».

(ix) Simone Weil. La desgracia del alma sin raíz

«El alma necesita raíces más que el cuerpo. Allí donde no hay un centro, no hay medida; donde no hay medida, no hay límite; y donde no hay límite, el deseo se vuelve loco y nos arrastra hacia la nada».

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