
El desorden me irrita, el ruido me destroza, ahí, en mi despacho, donde escribo y leo. Estantes llenos, una mesa despejada y una luz que no tape las palabras. Mi mesa, mi ordenador, son mi patria. Mi gabinete de trabajo, mi estudio, representan un refugio ideal contra el tiempo. No había allí más reloj que el ritmo interior (arborescentes pompas de jabón) de las frases. Mientras afuera el mundo amenaza con derrumbarse -nuestro mundo astrológico de plástico y cliché- ese pequeño cuarto continua erguido como un templo. En él vivía, por unas horas, en la eternidad, en la crasa y brutal felicidad.
Anaïs Delmar, novelista francesa (1901–1959): «Mi despacho era un cuarto casi triangular, prácticamente una buhardilla. Allí aprendí que la escritura no requiere belleza, sino clausura. En una habitación incómoda se escribe mejor que una lujosa: en ella el cuerpo desea escapar, y la mente, acorralada, se abre paso. Los libros nacen del encierro, jamás de la comodidad. La escritura es un acto litúrgico y el despacho, una capilla. Escribo, mejor dicho, me voy desmigajando. No envidio al querido Montaigne en la torre de su château».
