
¿Por qué esta compulsión a escribir lo que pienso, lo que siento (tules y tafetanes de organdí), a escribir las miasmas de la voluntad, las volutas incineradas del entendimiento, lo que arrastro -plagiado- en carros de plata y oro? Escribo quizá por miedo a desaparecer, quizá para demostrarme que existo. La psicología del escritor es una mezcla de duda constante y de orgullo luciferino secreto, de autoflagelación a su pasado y de alta vanidad por su futuro.
Hipersensibilidad, autoexigencia torturante, lucidez corrosiva, tensión identitaria, misticismo de encierro, una mezcolanza en alguien (yo: un escritor de domingo y aldea) para quien no escribir sería una enfermedad ¿Escribir? ¿Escribir? Hay mentiras que quiero exponer, hechos que quiero que se conozcan, sensaciones que quiero fijar para siempre. O escribir para descubrir lo que estoy pensando, lo que estoy mirando, lo que veo -y lo que significa aquello que veo. Escribo para honrar la memoria de mamá y papá, una memoria de visones y champaña. ¿Escribir? Una fatalidad resuelta en la mejor forma de existir fuera del caos. Escribo para transformar el mundo, para aceptarlo, para corregirlo, para crear una herejía, para fundar una ortodoxia, para burlarme de él y, finalmente, para soportarlo.
Edmund Hartley, lógico inglés (1909–1972): «Escribo porque pensar no basta. El pensamiento es gaseoso; la escritura es su solidificación. Cuando no escribo, mis ideas se dispersan como polvo en un pasillo. Cuando escribo, se vuelven habitables».
