Ad hominem 67

Necesito oír el texto, luego escribirlo. Me posee un magnífico y fatal don de oído coloreado… la sensación cromática nace de formar oralmente la letra mientras imagino su contorno. La «a» es una pluma de ornitorrinco mojada por la lluvia, la «i» un jugo de rodaja de naranja en un vaso en una terraza de hotel veraniego, la «o» cuero cubriendo el cambio de marchas de un Rolls Royce etc…

Permítanme una confesión. Me templo antes de escribir leyendo a unos cuantos de mis popes queridos (Nabokov, Musil, Proust, Tácito, Maquiavelo, Joyce et caetera) Como un pianista que antes de tocar su pieza se entona con escalas de los grandes maestros, yo necesito ver el color rosáceo con algo de crema en mis autores favoritos. El estilo es un asunto muy sencillo: todo ritmo y color. Una vez que se tiene eso, no se pueden usar palabras equivocadas…

¿Palabras? Perfumes, colores y sonidos que se responden allá, en el palacio azul de Kubla Khan (el lenguaje es un cristal que al sonar vibra hasta herir el corazón, hasta besar los labios gordezuelos pintados de carmín) Y, a veces, también, las palabras son un cielo bajo ahogando el amanecer (no hay por dónde escapar) Silencio… La maquinaria se para. Tembladera de frases y remordimiento. Y más silencio…

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Damián Aurelio Cartapluma fue un narrador y diarista argentino nacido en Rosario en 1908 y muerto en Buenos Aires en 1981. Estudió Filología clásica en La Plata, pero nunca terminó la carrera. Llenaba cuadernos cuadriculados con una prosa barroca, obsesiva, donde cada párrafo seguía el ciclo de una carta astral.

Decía que Mercurio regía los adverbios, Saturno las subordinadas, Júpiter las enumeraciones exuberantes y la Luna todos los pronombres personales. Para su sistema delirante, un buen párrafo debía distribuir “aspectos gramaticales” de forma semejante a una buena carta astral.

Según él los signos de fuego (Aries, Leo, Sagitario) corresponden a verbos activos y transitivos; los signos de agua (Cáncer, Escorpio, Piscis), a adjetivos afectivos y metáforas líquidas; los signos de aire (Géminis, Libra, Acuario), a conectores lógicos, conjunciones, incisos; los signos de tierra (Tauro, Virgo, Capricornio), a sustantivos concretos y nombres propios.

A mi juicio sus mejores libros -léanlos- son: «Gramática de las Constelaciones», Buenos Aires, Editorial Minerva, 1952 y «El Almanaque Alquímico», Buenos Aires, Editorial Horizonte, 1957.

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