
La misión del escritor consiste en levantar, sobre el polvo de los días, una arquitectura destinada a durar más que el mármol. Ninguna fuerza humana puede hacer retroceder la palabra cuando esta ha adquirido la altura de una tempestad. Yo escribo para que, algún día, al abrir mis libros, el lector escuche el rumor del océano y reconozca la voz de un hombre que no ha temido al destino. Cuando el espíritu se alza, el mundo entero se alza con él.
Admitámoslo (enemigos incluidos) El artista genial pertenece a una especie que en el fondo está más allá de la vida práctica. Soy un genio. Viví en un mundo separado, en un clima espiritual propio. Y como mi obra alcanzó la verdadera grandeza, impuse mi ley incluso a aquellos que no lo comprendieron. La genialidad es una forma de superioridad que, por su misma naturaleza, no puede justificarse ni moderarse.
El gran escritor no tiene discípulos, porque escribe desde una región del espíritu inaccesible a los demás. Fui grande, justamente, porque descubrí un mundo que no existía antes de mí. Y cuando mi obra se imponga, el lector reconocerá que nada puede sustituirla, que ninguna imitación podrá jamás reproducir la vibración única que la anima.
Yo, Christian Sanz mi nombre, he sido un enigma para mi época y un soberano para la posteridad. No consulté al público, no escribí para agradar. Me adelanté. Mis libros brillaron con una luz procedente de una precisión casi sobrenatural. Todo gran libro es, antes que nada, una forma de conciencia superior.
NOTA BENE: Inútil remarcar el juego irónico. Pretendí refutar, con propensión megalomaníaca, mi tesis más sentida, la hipótesis verdadera: soy un escritor menor de segunda fila. El espejo de esperpento deformante me devuelve una figura anhelada, sí, pero astronómicamente sofística.
