
Nabokov no concebía escribir sin sus tarjetas y lápices específicos. En una famosa respuesta cuenta que no trabaja “de la página 1 a la 2, y luego a la 3”, sino que componía por fragmentos, dispersos, sobre fichas numeradas después. Por eso explica:
“Me gusta escribir mis relatos y novelas en tarjetas, reescribiendo cada una muchas veces; las llevo en cajas y uso lápices bien afilados, no demasiado duros, con goma en la punta”.
Concretatemente se explayó así en la entrevista del The Paris Review: “Siempre escribo a lápiz. No un lápiz cualquiera, sino lápices bien afilados, de mina suave, de los que puedo borrar sin dejar cicatrices. Escribo mis novelas en tarjetas, cientos de tarjetas de 3×5 pulgadas, que guardo en cajas especiales. Las reordeno, las mezclo, las vuelvo a ordenar; es un proceso físico, táctil, manual. No puedo imaginar escribir directamente con tinta o en una máquina: necesito esa resistencia del lápiz contra el papel, ese rasguño, ese titilar del grafito que es como oír la frase antes de verla”.
Yo, antes, como envuelto en un aura romántica, creía en lo podríamos convenir como la «mística muscular» de la escritura. Me parecían esencialmente diferentes el resultado de escribir a lápiz, con bolígrafo, con pluma o con ordenador. Un tipo u otro de borrador hacían que la frase naciera más o menos alerta respecto a las deidades tutelares del estilo. Creía que necesitaba sentir la resistencia de la página bajo mi mano, la lentitud de la palabra al formarse, el rasgueo del papel, las tachaduras, flechas, borrones y ralladuras en los cuadernos, y creía que el teclado era demasiado rápido y mecánico, demasiado limpio, demasiado industrial: que robaba la conciencia del tiempo, la morosidad del arte. Había leído todo tipo de mitologías acerca de viejas máquinas de escribir, ruidosas, pesadas, obstinadas, que obligaban a pensar antes de golpear la tecla. Todo esas supercherías se fueron por el agujero negro del tiempo. Me engulló por completo lo inevitablemente cómodo, lo nuevo.
Sobre la intendencia del escritor y su escritura solo poseo una certeza: mi vida entera, e indirectamente, mi vida literaria, podría escribirse a partir de los cigarrillos que fumé. Cada etapa de mi existencia lleva el nombre de una marca. He vivido en función del tabaco, y todo lo demás -incluso la misma literatura, o el amor, o la amistad- ha sido un largo intermedio entre cigarrillo y cigarrillo. Escribir sin fumar me parece imposible: el humo que sube frente a mí no solo acompaña la frase, sino que es su tempo, su respiración. Un cigarrillo encendido marcaba el límite de una página; una cajetilla, el límite de un capítulo. Fumo para que la escritura no se enfríe. Fumar es un acto complementario al de escribir. Fumar es un acto suplementario a no escribir.
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Higinio Lázaro del Campo (Valladolid, 1947 – Lisboa, 2021) fue un escritor menor y a la vez gigantesco: menor en fama, gigantesco en manías. Publicó cinco libros, vivió pobre y murió pobre, pero dejó 236 cuadernos Moleskine llenos de una letra cuidada y microscópica.
A los 20 años, en París, compró su primer Moleskine. A los 23, recibió su primera Parker 51. Desde entonces: “La Parker es mi órgano vital. Si la pluma se seca, yo me seco. Si falla el plumín, falla mi corazón. He escrito páginas enteras suplicándole que no me abandone”. Y los caramelos: “El caramelo de café con leche es mi metrónomo. Cada caramelo es una página; cada página, una vida. Si un día no puedo comprar caramelos, no escribo. No entiendo cómo hay escritores que producen sin poner nada dulce en la boca”. Su ritual cotidiano: “Mi jornada empieza cuando abro el Moleskine y la tapa hace ese pequeño crujido de cuero falso. Enciendo la lámpara, coloco la Parker sobre la gamuza verde, saco diez caramelos del frasco y los alineo como padres benedictinos. El primer caramelo es el caramelo de la duda: lo dejo reposar un minuto en la lengua, no escribo aún. La tinta debe humedecerse en el plumín, como si respirara. Cuando el caramelo empieza a ceder en la boca, la Parker cede sobre el papel. No sé si escribo yo o escriben mis manías”.
Recomiendo vivamente de Lázaro del Campo su obra de culto «Cuadernos de un zurdo kamikaze», La Gaya Ciencia, 1976. Y, también, otra obra de culto y de bibliófilo: «De Zarauz a Pekín. Historia del caramelo y su poder afrodisíaco», Barcelona: Editorial Lumbre & Co., 1997, 204 p.; 22 cm. Colección: “Ensayos excéntricos”, n.º 12. ISBN 84-921534-5-9.
Escribir, ese oficio híbrido de Quijote y Sancho, ese cruce de Nietzsche con Mary Poppins.
