
Sueñas y fantaseas, la imaginación (esa loca de la casa, esa loca recluida en el desván) discurre sin brida; poder estrechar manos ilustres, tener una cohorte de admiradores y discípulos, que te den una columna en el periódico, ser leído y alabado y citado, la fama, o ganar premios, y ser canonizado, e incluso el placer de ningunear con desdén a tus enemigos. La vida literaria con su purpurina y sus brillos, cuando, en realidad, si bien se piensa, a lo que más se asemeja es al suelo pitañoso de un gallinero.
El poder y la gloria, la puerilidad de pensar que en un porvenir tu nombre correrá de boca en boca, o ese sueño (admito que aquí hablo muy en primera persona) ese sueño, decía, que consiste en conjeturar que perdurarás en un puñado de mentes selectas, elitistas y cultivadas.
Notar que eres aclamado (lo que conlleva una vida cómoda), saber que tu trabajo circula, permitirte la amarga vergüenza de suponer que eres el mejor escritor de tu generación. Derrochar ingenio en las entrevistas, escandalizar con «boutades» calculadas, amistar con los fantasmas benévolos del público imaginario de la posteridad. «La verdadera gloria no es que te lean; es que te confundan con un futbolista famoso y luego, avergonzados, te pidan un autógrafo igualmente», Umberto Eco.
¿La gloria? Siempre ronroneando la gorda señora gloria. «Yo quiero la gloria con la misma ferocidad con la que otros quieren la fortuna. No la fama vulgar del éxito inmediato, sino esa corona invisible que el tiempo coloca sobre unos pocos elegidos. La gloria es la única amante que no decepciona jamás, pues siempre queda la esperanza de que un día -quizá tras mi muerte- vendrá a buscarme», Balzac.
Y asimismo la cuenta bancaria, boyante, numerosa: «Los escritores hablan con desprecio del éxito comercial, pero todos, si son sinceros, desean el dinero que les permita seguir escribiendo sin tener que prostituir su tiempo. Es una contradicción: despreciamos el mercado, pero dependemos de él para no morir de hambre. Ningún escritor está libre de esta tensión: la necesidad de pan y la necesidad de palabra», George Orwell.
Y coquetear, en fiestas en bungalows californianos con morenas chicas en bikini, con modelos de tapa y carísimas «cocottes»: «Parte de mí quería la gloria literaria; otra parte quería las fiestas, las mujeres, el ruido, las cámaras. Es ridículo negarlo. El escritor que dice que la fama social no le atrae miente por miedo a parecer superficial. Yo quería estar en todas partes, ser visto, ser reconocido. Y aun así, cuando estaba rodeado de gente, moría de ganas de volver a mi mesa y escribir», Norman Mailer.
Todo escritor quiere ser leído. Todo escritor quiere ser admirado. Negarlo es como negar que uno respira. Pero la escritura tiene un lado taimado: cuanto más éxito se obtiene, más se teme perderlo; cuanto menos éxito se tiene, más se sueña con él. Así que al final, la vanidad literaria es universal y perpetua, como la respiración.
Borges: «La vanidad es un lujo que todo escritor conoce. Yo he fantaseado, como todos, con la idea de que mis libros serán leídos cuando yo ya no esté, de que mi nombre figurará en bibliotecas ajenas, de que mi sombra se deslizará en la memoria de seres que jamás conoceré. Y, sin embargo, nada de eso es escribir: son meras fantasías adyacentes, encantadoras, pero inútiles».
