Ad hominem 71

La historia de la literatura es, en gran medida, la historia de escritores que decepcionaron a sus familias. O que lograron escribir a pesar de ellas. O que las perdieron en el camino.

Mi padre, como buen burgés, quiso arrastrarme a la respetabilidad profesional (ingeniero, médico, abogado…) Con algo de exageración puedo hacer mías las impresiones de Kafka: «Lo que yo era no te gustó nunca, y menos aún lo que quería ser. Mi deseo de escribir te parecía una extravagancia deshonrosa, una prueba de mi debilidad, de mi incapacidad para afrontar la vida “real”. Siempre me recordaste que un hombre debe tener una profesión útil, y que un escritor no es más que un parásito de sí mismo. Y sin embargo, escribir es lo único que me sostiene. Lo que tú llamas “inutilidad”, padre, es mi única forma de respiración».

Sí, ladies and gentlemen, fui la oveja negra de la «troupe» familiar. Mi destino era cualquier profesión digna, cualquiera, que no supusiera el escándalo bohemio de la literatura. Traicioné su idea de honor. Pero también sé que, si hubiese cedido, habría muerto espiritualmente. Para mi familia, escribir no era un trabajo: era como la marca de Caín. Pero yo no pude ni puedo concebir otra meta.

Cosas de maricas y vagos. Hay que ganar dinero, ganarse el pan con el sudor de la frente. Papá: «La literatura es un capricho, un pasatiempo, un lujo impropio de un hombre serio». «No entiendes, papá, que escribir no es un pasatiempo, sino una necesidad; que me siento enfermo cuando no lo hago. No esperes de mí una carrera eficiente. Seré un escritor o no seré nada» (ahora papá entiende estas palabras; en el cielo se vive una gran novela)

Mamá, reacia a los dicterios de papá, se acercaba a mí y cariñosa rompía el silencio: «Christian, escribiendo tu inteligencia no se malogrará, estate tranquilo. Tú no elegiste a la literatura, la literatura te eligió a ti».

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«Nuestra época ha hecho del intelectual un extraño. La cultura ya no garantiza prestigio; la lectura provoca sospecha; el pensamiento profundo parece inútil. En muchas familias burguesas, nacer con vocación intelectual es una forma de desclasamiento», George Steiner.

«Las familias modernas quieren hijos eficientes, no hijos profundos. La cultura es tolerada mientras no interfiera en el éxito. Pero el escritor interfiere: no produce riqueza inmediata, no genera estatus. Por eso la vocación literaria es vista como un fracaso anticipado», Susan Sontag.

«Los padres que desean que sus hijos sean escritores son tan raros como los hijos que desean ser contables. Una familia razonable desconfía del escritor: teme por su futuro, por su estabilidad, por su vida. Y con frecuencia tiene razón. Pero el escritor escribe igual, porque no puede hacer otra cosa», Javier Marías.

«La vocación literaria es una insolencia hacia el mundo. La familia siempre lo presiente: que su hijo no tendrá un destino normal. Por eso la familia -esa institución conservadora- ve al escritor como un desertor», Cioran.

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En toda familia burguesa hay un profundo recelo hacia la literatura. El escritor es visto como un hijo que ha abandonado el camino recto. Para mi linaje burgués la literatura era una frivolidad peligrosa, una inclinación impropia de un hombre serio, un pasatiempo elegante que debía abandonarse con la edad.

La familia quiere que uno sea sensato, pero la sensatez es la gran enemiga del escritor. Solo con el enfermo bacilo del lenguaje te sientes verdaderamente vivo. Mario Vargas Llosa, «El pez en el agua»: «Cuando dije que quería ser escritor, mi familia reaccionó como si hubiera anunciado que sería mendigo. Para ellos, la literatura era sinónimo de fracaso. Su reacción no fue cruel, sino práctica: “La literatura no te dará de comer”. Y tenían razón. Pero uno no escribe para comer: escribe para seguir viviendo».

La clase media es profundamente hostil a la imaginación. Cualquier padre preferirá un hijo eficiente a un hijo profundo. Cualquier familia prefirirá un hijo deficiente a un hijo escritor.

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