
El tópico es antiguo: ¿de qué se alimenta un escritor? ¿De la vida vivida o de la vida leída? ¿De experiencias o de palabras? ¿De heridas o de bibliotecas? Toda la tradición oscila entre esas dos fuentes, que rara vez están separadas. Un escritor es siempre -por lo menos- hijo de dos madres: la experiencia y la cultura. La primera da intensidad; la segunda da forma. Como decía Borges: “La literatura no es la vida, pero sin la vida no se puede escribir; y sin la lectura, no se puede escribir bien”.
No se necesita vivir mucho, pero sí sentir mucho. El que vive cien aventuras y no siente ninguna, no será jamás escritor; el que vive pocas, pero las vive con una intensidad insoportable, podrá escribir todo. En mí, la vida (en forma de soledad enfermiza, de caminante falso aristócrata) fue un incendio callado que estalló en los libros.
La vida suele ser mezquina; los libros, infinitos. Lo que pasa en la calle es limitado, a menudo mutilado y trivial; lo que pasa en la imaginación de Homero, de Dante, de Shakespeare, es ilimitado.
Mi verdadera biografía son mis lecturas. Me aparto bastante de la estirpe hemingwayana que sostiene que el oficio de escribir se aprende viviendo, eso que decía -jactándose- que cada pelea, cada viaje, cada amanecer, cada noche en que no duermes, todo eso se convierte en palabras. Yo viví la cultura con una intensidad casi febril, con inmensa combustión interior. Nabokov, amante de la lectura con una precisión sensorial extrema, declaró en una entrevista: «Un escritor no nace de la vida, sino de los libros. La vida nos da sensaciones; los libros nos enseñan a nombrarlas. El que no ha leído lo suficiente no tiene ojos, solo párpados».
De esta clásica dualidad o dicotomía, lo más sensato consistirá en el equilibrio de ambos platos de la balanza. Muchos escritores entienden que ambas fuentes (vida y lectura) son inseparables. La vida es un caos de impresiones confusas; el arte y la lectura nos enseñan a organizarlas. Lo vivido sin ser leído sigue siendo oscuro; lo leído sin ser vivido se queda frío. El escritor nace cuando una impresión se une a una forma, a su expresión.
No hay escritor sin biblioteca, pero tampoco sin barrio, sin heridas, sin pobreza, sin manicomios, sin frío e intemperie, sin algún fracaso decisivo. Un escritor es un lector que ha sufrido. Sontag, en «Estilos radicales»: «La lectura no reemplaza la vida, pero la anticipa, la ensaya, la amplía. El escritor se alimenta de libros porque en ellos están las vidas que aún no ha vivido y que acaso nunca vivirá».
Mi escuela de escritura fueron tanto los pabellones de los locos como las bibliotecas nacionales de Europa.
