
Alberto Manguel, enfermo hermoso de mi especie bibliómana, llegó a reunir más de 35.000 volúmenes en una casa del Loira donde transformó un granero en biblioteca. Esa biblioteca fue, literalmente, el centro arquitectónico de su vida: compró la casa por el espacio que prometía para los libros. En «La biblioteca de noche» recuerda una inscripción antigua sobre una sala de libros: «Lugar de la curación del alma», y añade que los libros son infinitamente pacientes, que esperarán al lector “hasta el final de sus días”.
Umberto Eco, propietario de una biblioteca privada de entre 30.000 y 50.000 volúmenes, se irritaba con los visitantes que preguntaban: “¿Y cuántos de estos has leído?”. Para él, la grandeza de una biblioteca personal está precisamente en lo no leído, en esa zona oscura que nos recuerda nuestra ignorancia y nuestra apertura al futuro. Hablaba de la biblioteca como “herramienta de investigación”, no como trofeo de lo ya consumido.
Mi biblioteca personal ronda los 20.000 ejemplares. Al deambular por ella, siento el alma de cada libro, tal si fueran corpúsculos vivos, siento su gravitación física, su percepción electromagnética como estar dentro de un vibrante y tornasolado campo de amapolas. Mi glándula pineal se excita, el cosquilleo sexual se agranda. Soy un loco maníaco de los libros. Mi biblioteca es una extensión de mi sistema nervioso, un complemento a mi república celular.
La temperatura del libro, la textura del papel vergé al pasar los dedos por las guardas, el olor a humedad y polvo como un antiguo perfume, el sonido al volver las hojas, al crujir el lomo, al cerrarse el tomo, todo es como chupar el pezón erecto de una mujer, como acariciar la espalda de la enamorada.
El coleccionista de libros no acumula objetos: acumula futuros. Cada volumen que incorpora a su biblioteca es una forma de afirmar que su tiempo todavía se extiende, que aún tiene por delante la posibilidad de una revelación. Por eso sus estantes nunca están llenos: porque la esperanza es inagotable.
«Siempre he imaginado la biblioteca como el único espacio donde el tiempo se suspende. Allí, bajo la lámpara, frente al muro de volúmenes que se extiende como una selva domesticada, ocurre la metamorfosis: el lector deja de ser un individuo aislado y se convierte en alguien que participa de todas las vidas posibles.
Cuando abro un libro, no abro únicamente la puerta a una historia: abro las compuertas de una memoria que no es solo mía. La biblioteca es el lugar donde los muertos respiran; donde, al tocar un lomo, siento el pulso de quienes lo escribieron. El mundo exterior, con sus urgencias y su ruido, se vuelve ajeno. Aquí, las horas no avanzan: se acumulan, se superponen, se reescriben.
A veces recorro los estantes sin intención de leer nada, solo para oír cómo los libros me llaman por mi nombre. Es un murmullo casi inaudible, como un viento que mueve las páginas sin que nadie las toque. Me basta pasar la palma de la mano por los lomos, detenerme en un título, en una tipografía, en un olor antiguo. La biblioteca es un organismo vivo; en ella se guarda la respiración de siglos.
Hay noches en que me siento en mi escritorio, en silencio, y tengo la sensación física -no imaginaria, física- de que la biblioteca me sostiene. Que no soy yo quien la posee, sino ella quien me posee a mí. Y esa posesión, ese abrazo de papel y tinta, ha sido, siempre, una forma de felicidad», Alberto Manguel, «La biblioteca de noche».
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Recordemos con honores a Aurelio García Luján, 1958–2021.
Nacido en Bilbao, muerto en Foz, Lugo, rodeado por 40.000 volúmenes y una decena de gatos. En el pueblo le pusieron de mote «El estanterías».
A los 9 años robó su primer tomo: una edición barata de «La Odisea» en tapa blanda. Estudió Filología Románica a trompicones y consiguió un trabajo estable en una asesoría. A los 32 años, tras una discusión matrimonial por culpa de “otra caja de libros”, se produjo la iluminación: comprendió que, dado que solo se puede ser realmente fiel a una cosa, su matrimonio no era conyugal, sino bibliográfico. En confesión privada me dijo un día: «He mentido a todos. A mis padres les prometí una carrera. A mi mujer, estabilidad. A mis jefes, ambición. La única promesa verdadera que he mantenido es la que hice sin palabras a los libros: “no os abandonaré jamás”».
Vivió en su casa-biblioteca de Foz casi treinta años. No tenía salón: tenía Sala de Ensayo, Sala de Poesía, Cripta de los Incunables, aunque algún “incunable” fuera solo una edición de Valdemar de 1998. Dormía en una especie de pasillo flanqueado por literatura japonesa y tratados de mística renana.
Para pagar las facturas hacía trabajos de corrección y traducciones mal pagadas. Todo lo demás lo invertía en libros. Nunca viajó: para él, el viaje consistía en abrir una caja recién llegada de una librería de viejo de cualquier lugar del mundo.
Otra vez, lo recuerdo bien, hablando en la librería de viejo «Follas vellas» de Santiago, me dijo: «No tengo amantes, pero mis libros me han desnudado más que nadie. Ellos sí saben cómo huelo, cuánto sudo, en qué páginas tiembla mi mano».
Murió como vivió: sepultado entre páginas. Parte de su biblioteca se dispersó en subastas y librerías de viejo. Otra parte, la que nadie quiso, fue donada a la biblioteca de un instituto cercano, donde los estudiantes se quejaron de que “huelen raro”. Aurelito, amigo querido, estés donde estés, que te acune una Biblia de Gutenberg o el «Traité des arbres fruitiers», de Antoine Duhamel. No estás solo.
