
La idea de que la creación y las drogas están unidas es uno de los grandes mitos pop-intelectuales de nuestro tiempo más dañinos. La droga no da oficio ni sintaxis. En el mejor de los casos, obtienes un par de intuiciones y toneladas de basura ilegible. En el peor, te quedas sin obra y sin vida.
Flaubert, en famosa sentencia: «Sé regular y ordenado en tu vida, como un burgués, para poder ser violento y original en tu obra». O esta otra máxima esclarecedora de Baudeliare en «Los paraísos artificiales»: «El vino exalta la voluntad; el hashish la destruye… y convierte en holgazanes a quienes lo usan».
Rimbaud, Michaux, los beatniks, Burroughs, Lowry, Coleridge, De Quincey, etc., han alimentado la idea de que hay que desarreglar los sentidos para ver e ir más lejos. Paparruchas. Conviene recordar algunos hechos y evidencias incómodas: Coleridge, De Quincey, Lowry, Burroughs, etc., dejaron tras de sí obras poderosas y vidas devastadas, con largos periodos de esterilidad, destrucción personal y daños a terceros. Y muchas (por no decir todas) de sus páginas más sólidas fueron escritas antes, después o a pesar de las intoxicaciones, nunca gracias a ellas.
La escritura es una actividad intuitiva, pero también insidiosamente racional y epistémica, que requiere una conciencia alerta, una atención sostenida, excelente memoria de trabajo, y un avispado juicio crítico, cualidades que se pierden irremesiblemente con el yo intoxicado. La genialidad del maldito entre resacas y vómitos me parece una idea tan tonta como excéntrica (solo alcanza el nivel de mera caricatura adolescente)
El arte exige una dedicación casi religiosa, medida y orden: no admite distracciones inútiles, no tolera un espíritu disperso o alocado. El escritor debe preservar su energía para la frase justa, para la eufonía perfecta. Toda extravagancia, cualquier insensatez gastada en la vida es sustracción, demérito para la obra, palos en la rueda a la hora de crear una obra digna estéticamente. Mientras más burgués es el vivir, más intenso puede ser el escribir.
La vida desordenada destruye la capacidad de observación, y sin observación no hay literatura. La disipación vuelve estúpido al escritor: borra los matices, banaliza lo profundo, vuelve perezoso el pensamiento. Si quieres escribir bien, debes vivir bien, no en el sentido moral, sino en el sentido higiénico: dormir, trabajar, leer, escuchar. Ahí radica, como vio Chéjov, el nudo del asunto.
¿Acaso no estorba la inestabilidad falsamente revolucionaria de vivir a salto de mata? ¿Vivir al borde del abismo qué tipo de energía da sino la de la disipación menos sagaz? ¿No huye el bohemio de la lucidez y solo le permite balbucear pastosas palabras y resentidas ideas?
Mientras se pierde el tiempo en bares de mala muerte, la mejores páginas se pudren dentro de uno. El mito de la bohemia es una trampa para incautos. La obra exige calma, silencio, método. La bohemia solo deja cansancio.
