Ad hominem 76

Soy saturnino. Mi melancolía escarba, formula, convoca. Con un total acomodo a la realidad, con un perfecto ajuste a ella, moriría mi impulso para escribir. Desacuerdo con el mundo, lo acuso y abronco como un niño enrabietado y herido. La bilis negra que vierte al castellano el cultismo «melancolía», no me permite asentir con el estado de cosas tal cual es; siempre hay una fricción, un decalaje, una pérdida, un duelo, un sufrimiento, un ideal incumplido.

Mi maestro Burton escribió como nadie sobre la génesis melancólica del escritor: «La melancolía es una enfermedad literaria: nace en aquellos que leen demasiado, en los que piensan demasiado, en los que se entregan a la contemplación. Quien se ejercita en las letras corre siempre el riesgo de hundirse en cierta oscuridad del alma, porque los estudios solitarios, los pensamientos profundos, la imaginación que se extiende más allá de lo que los ojos ven, todo eso alimenta una tristeza especulativa. El melancólico es, por lo general, un hombre de gran fantasía, de espíritu agudo, de imaginación poderosa. Y de ahí que tantos poetas, filósofos y eruditos hayan sido melancólicos: porque su mente, al elevarse, pierde también la firmeza; porque, al ver más lejos, ven también más abismos».

Si el pensamiento intenta elevarse por encima del universo, un viento de cola arroja a su vez una poco comedida angustia. Si te acomete la alegría, al instante sobrevienen pesarosos escrúpulos, y se abren rendijas de desasosiego en el hondón del alma. Si eres consciente de un atisbo de infinito, se refleja nítido en el espejo lo finito, el terrible límite. Si registras la transparencia, automáticamente el foco también apunta a lo opaco. Virginia Woolf: «La escritura nace siempre de un estremecimiento interior, de una sombra que se cierne sobre la conciencia. Cuando estoy demasiado adaptada a la vida cotidiana, demasiado cómoda, no puedo escribir; me falta tensión, me falta ese ligero temblor que abre el alma. La melancolía me hace permeable. La alegría me vuelve banal. Necesito, para escribir, una especie de fragilidad iluminada».

Soy saturnino. No me adapto nada bien a un mundo tan superficial. A veces no sé qué, pero siempre me falta algo. Busco la lentitud, la soledad fértil, cierta gravedad que rehúye el mundo. El hombre superficial no es nunca melancólico: está demasiado reconciliado con lo que hay.

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