Ad hominem 78

El «otium cum dignitate» u «otium divinis» se cultiva, se fermenta, en la afortunada soledad fértil. Aquí se halla la típica atmósfera del escritor; una soledad que no es ascetismo depresivo, sino artesanía espiritual. Retirémonos a nosotros mismos, no busquemos la burda y trivial sociedad; procuremos hacernos compañía digna. Aquel que se prepara una habitación en su interior, libre, clara, limpia y ordenada, no estará jamás solo. La mayor parte de nuestras agitaciones provienen de que somos extraños a nosotros mismos y entonces nos tememos y rehuimos; nadie habita su propia mansión. Una soledad bien gobernada, fértil, insisto, nos ofrece más compañía, nos nutre más, que la ciudad más populosa.

Pascal: «El hombre no soporta estar solo porque entonces se ve. Y sin embargo, solo en ese silencio descubre la verdad de sí mismo. Quien no puede permanecer en una habitación sin distracciones está condenado a no conocerse jamás. (…) El silencio no es vacío; es presencia pura».

O Rilke (párrafo que debiera estar grabago en las vigas de cualquier biblioteca de escritor): «Amar la soledad es difícil; pero casi todo lo que sucede es difícil. Una sola cosa es necesaria: la soledad. La gran soledad interior. Ir hacia dentro y no encontrar a nadie durante horas: eso es lo que hay que lograr. Estar solo como cuando se está enfermo, y sin embargo soportarlo y amarlo, para que llegue un día en que la soledad se vuelva fértil».

Sin olvidar al gran Pessoa: «No tengo compañía mejor que mi propia ausencia. Soy la sombra que me acompaña. Todo cuanto pienso nace de esas horas interminables en que no sucede nada, en que soy solo una conciencia flotando. De esa soledad vienen mis únicas riquezas. Si estuviera rodeado de gente, ¿qué podría escribir? La multitud ahoga las raíces; solo en el desierto crece cierto tipo de árbol».

Yo debo estar solo para trabajar. La soledad absoluta es la condición suficiente de toda obra seria. No puedo escribir si alguien respira cerca de mí; cada presencia humana es una distracción. Necesito oír únicamente el rumor de mis palabras, martilleando, ovillándose y desperezándose. He pasado siglos enteros en un cuarto vacío, solo para escuchar la típica oración con final de cola de pez.

Todo lo que he escrito ha sido engendrado por largas horas mudas, por ese aislamiento donde el yo se vuelve un amigo y un enemigo necesario. Sin esa frontera que me separa del mundo no podría pensar; sin ella no podría siquiera esbozar una línea.

No hay multitud que permita el crecimiento de la mente. El mundo nos empequeñece, la soledad nos expande.

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