
Hace alrededor de dos semanas que escribo -lo advierto claramente- con precisión quirúrgica, elevación y entusiasmo y fulgor visionario. Apenas como o duermo. Es como una racha dorada, una febril clarividencia, un estado de gracia y flujo en que el pensamiento tiene exacto trasunto en la expresión. Un pensamiento más veloz que el tiempo requerido para teclearlo. Mi mente arde inflamada, con una urgencia que desgarra. Soy un médium feliz de mi propia alborotada inteligencia. Tiemblo. La escritura me atraviesa. Igual a un río desbordado anegando un arrozal una noche de luna luminosa.
García Márquez, y cámbiese lo mucho que debe ser cambiado, explica en «Vivir para contarla», el trance, la posesión alada, en que escribió «Cien años de soledad»:
«Fueron dieciocho meses de encierro absoluto, sin salir una sola vez, sin ver el sol ni el mar. Me levantaba y me sentaba a escribir de una vez, con el café recién hecho y un cigarrillo humeante. Escribía doce, catorce, a veces dieciocho horas seguidas, en un estado de exaltación continua. Sentía que la novela estaba ya escrita en alguna parte y que yo sólo tenía que copiarla al dictado. No pensaba: recordaba. Nunca he vuelto a escribir con esa velocidad, esa nitidez y esa alegría sobrenatural».
Al escribir estos post las teclas zumban como empujadas por un viento de altura. Duermo poco, apenas pruebo alimento; los textos exigen todo de mí. Estoy poseído de un fuego frío que no arde, sino que ilumina. Las ideas se presentan completas, terminadas, listas para caer sobre la pantalla.
Escribo como afiebrado, con una rara violencia o tensión que no controlo del todo. Siento (su colores, sus aromas, sus relieves) las frases antes de pensarlas, como si me fueran empujadas desde algún cubículo o sótano secreto interior. Apenas duermo, insisto, apenas vivo. Escribir me extenúa, pero me mantiene en un estado de lucidez abrasiva.
No sé cuánto durará esto, pero debo seguir hasta el final.
