Ad hominem 80

El dinero y la literatura. Tema eterno y polémico. A mí, y permítanme la descarada fatuidad, una presunción cuya confesión es absolutamente innecesaria, a mí, y perdonen, me sobra el dinero (o, al menos, no me falta para vivir frugalmente sin trabajar el resto de mi vida) Nunca hablo de él. Me parece rebajarse a unos niveles subalternos propios de una oficina de extrarradio. Leí un libro de Ana María Moix donde, algo escandalizada, explicaba que en las reuniones de intelectuales, además de plata, el otro tema estrella era la telebasura. En el fondo, poco me extraña.

Al tener resueltos los apremios materiales, de plata, guita y parné, eso me permite un otium creador que la mayoría de escritores jamás pueden disfrutar. Mi libertad económica implica mi libertad de estilo. Ah la miseria cotidiana del mundillo cultural. En los salones literarios se habla tanto de dinero como en una gestoría. Eso, que debería ser secundario, o simplemente inexistente, acaba siendo la conversación dominante. Seguramente (y reitero mis disculpas por si parecí altivo) seguramente porque la precariedad es algo real.

Siempre creí (y ahora vuelve a brotar mi vena aristocrática) que el escritor que trabaja para el mercado está perdido para la causa. El que busca agradar, desciende, se corrompe, se rebaja. El arte es lo contrario de la prisa, del interés y del cálculo. A mí me repugna -con intensidad visceral- la idea misma de escribir por dinero: es prostituir aquello que debe ser un acto inefable y sagrado. Prefiero vivir pobre antes que escribir una sola línea dictada por la necesidad. La desgracia económica es dura, pero más duro es abaratarse con la facilidad del éxito.

George Orwell sabía de la indigencia y precariedad del escritor. En «Why I Write» (1946) afirmó:

«Durante años viví en la pobreza más extrema, trabajando en empleos miserables para poder seguir escribiendo. La mayor parte de los escritores que conozco pasan la vida entera malviviendo, entre el hambre literal y la hambre de sentido. La literatura es un oficio que exige fe: no es un camino para ganarse la vida. Para la mayoría, es una ruina económica».

Detesto con intensidad de símbolo la tiranía del público o rebajar mi dignidad para vender mi genio a un precio vil. La independencia económica es la única libertad verdadera del hombre de letras. Detesto a los payasos del mercado, a los esclavos de sus ventas y su éxito. El dinero solo dicta un estilo mediocre.

André Schiffrin (mítico editor), en el temprano «La edición sin editores»: «La industria editorial se ha convertido en un campo de batalla entre lo que es rentable y lo que es necesario. La mayor parte de los grandes libros que publiqué no generaron beneficios. Los mejores escritores rara vez producen dinero, pero enriquecen la cultura. La crisis de nuestra época es que ahora se exigen ventas incluso al genio».

La pobreza hace daño y no ennoblece. Admito, claro, que soy un irreal y principesco privilegiado.

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