
Murió el poeta, pero nació el prosista. Antes mi prosa era traqueteante y barroca, como cruzar una carretera llena de baches. Abusaba de miriñaques y floripondios. Como me advertía mi maestro Lamas en la tertulia de El Cercano: «Christian, escribes bien, pero tienes que ser menos expansivo». Empiezo a dejar de lado las incrustaciones y poses churriguerescas. Busco cierto tono clásico, cierta diafanidad de trigal y cereales.
Expliquémoslo mejor. No murió estrictamente el poeta; aprendió a encarnarse en correcto prosista, en un prosista no exhibicionista, que eluda el carnaval y mida, pode, ordene, dé aire. La prosa no es solo intensidad; también es proporción, diafragma, respiración.
¿Qué es el tono clásico? Decir cosas altas con palabras claras. El barroco deliberadamente agota y corre el frecuente peligro de lindar con su propia caricatura.
Góngora defendió un estilo tortuoso y sublime:
«No es mi poesía para todos, pues no a todos es dado entender la niebla y el rayo. La oscuridad que me atribuyen no es tiniebla, sino resplandor demasiado elevado para quien no ha subido las cumbres del arte. No escribo para quien busca leche, sino para quien busca ambrosía. Mis versos no han de ir al vulgo; que él tome lo llano, lo trillado; yo sigo el camino oculto, donde la dificultad es deleite y el artificio hermosura».
Permítanme un cambio de marcha y apostar por la luz del mediodía:
«Detesto la pompa literaria; todo artificio me parece una mentira. Quiero que el lector vea las cosas como son, sin velos, sin adornos superfluos. La belleza está en la rapidez, en la franqueza, en la claridad. Lo demás es ornamento que distrae. La prosa ha de ser como un cristal: transparente, y sin embargo indispensable», Stendhal.
