Ad hominem 83

Entender es un acto frío: ordena, clasifica, distingue, separa. La alegría es un acto cálido: cohesiona, funde, reconcilia. La claridad intelectual -como la claridad de mediodía que tanto me gusta- hace visibles las formas, pero no las vuelve amables. Al contrario: muchas veces, cuanto más vemos, menos queremos ver. «La verdad no es para todos: debilita», afirmó ese filólogo agresivo llamado Nietzsche.

La lucidez es la herida más cercana al sol. La claridad no trae alegría porque exige retirarse, observar, pensar, distanciarse. Y al distanciarte, inevitablemente pierdes ciertas fuentes de alegría mundana. Por eso decía Leopardi: «Cuanto más profunda es la razón, más profunda es la desdicha».

Schopenhauer, «El mundo como voluntad y representación», libro IV: «El saber aumenta el dolor. Cuanto más claramente vemos la esencia del mundo, más profundamente sentimos su miseria. El hombre corriente vive en el velo de la ilusión; el sabio vive en la verdad desnuda. Pero la verdad es desoladora: ver la esencia del mundo es ver un esfuerzo ciego, sin propósito, repetido sin sentido. La claridad no trae alegría, porque la alegría es hija del engaño, y el engaño es incompatible con la filosofía».

No me considero un lúcido entre ciegos. Pero ocurre que me elevé uno sobre diez y, solo eso, ya me apartó de la inmensa mayoría de mis congéneres y de sus fiestas perpetuas. Podemos conocer la verdad sin amar la vida. La inteligencia ilumina, pero no salva. La claridad desnuda no da alegría: abre un espacio donde solo la desnudez permanece. Para alegrarse es necesario un calor que la inteligencia no puede producir. Cuanto más se piensa, más se sufre.

La conciencia es un arma de doble filo: ilumina, pero hiere. Duele ver los pliegues ocultos, los matices, las falsedades involuntarias, las servidumbres de tantos, o su miseria cognitiva, o sus rutinas mecánicas y embrutecedoras. Mi (relativa, modesta) riqueza interior me separó de un mundo que, en el fondo, acaso ni amé y jamás me perteneció.

Mi parcial lucidez me obligó a mirar de frente el sinsentido, probablemente menos resignado de lo que creo, pero sin engañarme. No hay alegría en este conocimiento: solo una dignidad amarga, un raro mantenerse en pie.

Un mantenerse en pie que no envilece, lo que no es nada baladí.

Deja un comentario