Ad hominem 86

La manía de escribir, la pertinaz grafomanía, me posee como un animal hambriento. No escribo porque quiera, sino porque me devora una necesidad que no se aplaca jamás. Cada frase que termino me deja más ávido. Cada párrafo me exige otro parágrafo. Cada epígrafe lleva consigo otro epígrafe. Si no escribo durante unos días, si no escribo cada día obsesivamente, siento que todo se pudre en mí. Estoy hecho de escritura: lo que no escribo me destruye.

Hay en mí una presión continua, insaciable, que solo la escritura mitiga por unos instantes. No sé quién soy si no me escribo. Cada día me nacen otros días que quieren ser, que desean existir, y solo pueden hacerlo por medio de la escritura. Lo vio bien Cyril Connolly: «El escritor es un hombre para quien la escritura es más difícil que para los demás, pero también más necesaria. Escribir no cura nada, pero detiene la descomposición. Cuando no escribo, mi espíritu se deshace como una fruta olvidada».

Uno no escribe porque tenga algo que decir, sino porque no soporta el peso de lo no dicho.

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