Ad hominem 87

Las democracias ya no se apoyan en el «acuerdo dialogante», sino en una logomaquia, una guerra de palabras huecas. Eso encaja perfectamente con mi sensación de que la “opinión pública” es una fantasmagoría fabricada por medios, partidos y tertulianos, no por ciudadanos soberanos intelectualmente. La logomaquia, en cambio, es un combate de eslóganes, consignas y frases hechas. No busca verdad ni matiz, sino adhesión emocional y tribal. Vivimos un politeísmo de la chatarra mediática donde llenan la pantalla personajillos cuyo pensamiento está vaciado.

El drama no es sólo la falta de lectura, sino la pérdida de prestigio social del acto de leer: no leer se lleva con orgullo; leer cosas difíciles resulta sospechoso o ridículo. En ese contexto, mi biblioteca y mis lecturas (Napier, Bayle, la Britannica XI, el Polycraticus, la Metanasiana) no son ya “raras”: son casi obscenas, en el sentido de algo fuera de escena, sin lugar en el teatro social.

Leer exige cinco condiciones mínimas: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. El pseudolector huye de esas cinco cosas como de la peste. Hay alfabetización técnica, acaso sí, pero no hay acceso real al legado de la cultura humanista e ilustrada. Soy un río de tiempo, nombres y citas que a nadie interesan.

La vida contemporánea está organizada como una ametralladora de estímulos: notificaciones, pantallas, multitarea, trabajo precario, fatiga mental. La lectura profunda se vuelve impracticable para la mayoría, no solo impopular. El habla pública se llena de clichés, consignas, tecnicismos vacíos, publicidad y propaganda. Y cuando la lengua se empobrece, la imaginación y el juicio crítico se vuelven casi imposibles.

Leo y escribo lo mejor que sé. Y no molesto a nadie, y no se envilece mi espíritu, y soy moderadamente feliz. Feliz, que es a lo más que se puede aspirar en esta solitaria, pobre, chata, desagradable, brutal y corta vida.

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Ahora, abusando de su paciencia, permítanme un tren o muro de citas -que entorpecen algo la fluidez de la lectura- que glosan sabiamente algunos de los tópicos apuntados.

«Lo que estamos presenciando es el retroceso de la vida interior. El libro, que era el hogar de la memoria y la imaginación, ha sido desplazado por un flujo incesante de señales electrónicas. La conversación profunda, el silencio compartido, la lectura lenta, la reflexión sin finalidad utilitaria… todo eso es hoy radicalmente sospechoso. Nos enfrentamos a una generación para la cual la palabra escrita no es una patria espiritual, sino un obstáculo. Y sin la vida interior, sin la memoria nutrida por los grandes textos, lo que llamamos “humanismo” se vuelve impracticable, un vestigio fósil», George Steiner.

«Los estudiantes de hoy no creen que existan libros que puedan decirles algo verdadero sobre la vida. Nadie les ha enseñado a aproximarse a un texto con la reverencia necesaria para que este pueda transformarlos. La televisión y la música popular han formado en ellos un espíritu impermeable a la introspección, hostil a la lentitud. El resultado es devastador: la universidad ya no transmite una cultura, sino que apenas intenta paliar los huecos de una educación primaria rota. Y en esa tarea fracasa, porque los jóvenes han aprendido a desconfiar de toda autoridad intelectual», Allan Bloom.

«El lenguaje, que es la mayor invención humana para elevarse sobre sí mismo, está hoy convertido en un arsenal de lugares comunes. La palabra pública ha caído en poder de quienes la usan sin respeto por su gravedad original. El resultado es un vaciamiento del diálogo: ya no se habla para comprender o comprenderse, sino para imponer, para distraer, para rellenar. Una vez el lenguaje se degrada, todo pensamiento decae con él, porque no hay pensamiento fuera del lenguaje. La barbarie comienza siempre por una corrupción del habla», Ortega y Gasset.

«La abundancia de palabras mecánicas que nos rodea ha generado una inflación que despoja a la palabra de su peso específico. Cuando el lenguaje se vuelve un flujo indiferenciado, cuando ya no hay que elegirlo con esfuerzo, cuando la opinión se vuelve inmediata, entonces comienza una era de irresponsabilidad generalizada: todos hablan, pero nadie dice nada», Italo Calvino.

«La incultura contemporánea no es apenas ausencia de cultura: es rencor activo hacia ella. Un odio burdo hacia cualquier forma de profundidad, hacia cualquier cosa que requiera esfuerzo. La vulgaridad se yergue en bandera. El talento se sospecha, la sutileza se desprecia. En esa atmósfera, el libro se convierte en un objeto excéntrico, casi indecente, y quien lo lee es un extraño», Julien Gracq.

«La educación se enfrenta a la tarea de presentar el mundo a quienes llegan a él. Y sin embargo, los adultos han renunciado a esa responsabilidad: ya no quieren transmitir un legado, sino adaptarse a unos niños que ellos mismos han abandonado. La consecuencia es doble: ni se transmite la riqueza del pasado ni se prepara para el futuro. […] La sociedad de masas ha confundido libertad con permisividad y ha olvidado que educar es introducir en una tradición», Hannah Arendt.

«La escuela contemporánea ya no enseña porque ya no cree en nada. Ha aceptado que el conocimiento es relativo, que el esfuerzo es opresivo, que la exigencia es elitista. Entonces, ¿qué transmite? No transmite nada: apenas entretiene. Educar es siempre transmitir una forma de vida, pero si esa forma de vida está en ruinas, ¿qué puede hacer la escuela sino simular, como en un teatro abandonado?», Jacques Barzun.

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