
La excelencia nunca es un accidente. La excelencia es patrimonio de una minoría. Para los mediocres, la felicidad es su ser y estar mediocres. La alta cultura es la autoconciencia de una sociedad. Estos axiomas me parecen indisputables y definitivos.
Vivimos un tiempo en que la barbarie es compatible con la alfabetización tecnológica. «La inmensa mayoría de la gente no quiere ser cultivada. Aún peor: no sabe siquiera qué podría significar serlo. En ninguna civilización pasada la cultura había sido tan accesible, y en ninguna había sido tan despreciada. Esto es nuevo. Esto es alarmante. Esto es, sencillamente, decadencia», Eliot.
Lo útil desplaza a lo grande y la vida interior elaborada y rica se vacía y disuelve. Lo profundo es sospechoso; lo excelente, ofensivo. La mediocre exige convertirse en religión eterna. Flaubert: «La imbecilidad humana es la única cosa que da una idea del infinito. Y nuestra época ha decidido celebrarla. El siglo XIX alumbró al imbécil orgulloso; el siglo XX lo convirtió en artista; el XXI lo ha nombrado rey».
La tarea de la educación, que era transmitir una civilización, ha sido sustituida por la tarea de entretener. El estudiante exige placer instantáneo; el profesor teme exigir. La escuela ya no forma: consuela. La universidad ya no cree en la educación liberal. Cree en la autoexpresión, en el relativismo complaciente, en la eliminación de la dificultad. El resultado es el nihilismo blando: jóvenes que no creen en nada y, por tanto, no pueden comprender nada.
Recuerdo al gran -y lamentablemente nada leído- Miguel Espinosa: «El hombre actual vive en una miseria enriquecida: rodeado de objetos, vacío de espíritu. La cultura, que era ceremonia del alma, es ahora simple ornamento para selfies y discursos huecos».
La barbarie comienza cuando lo excelente se convierte en extravagancia. Cuando la belleza se considera lujo. Cuando la alta cultura es sospechosa. Allí empieza la verdadera decadencia: cuando el genio es un extranjero en su propio país.
Yo me abstraigo de tantos detritus con mis delicias mentales: «Syntaxis Mathematica», de Alonzo Church, «De Divisione Naturae» de Juan Escoto Eriúgena, o «Le Livre du P. André», de Thémiseul de Saint-Hyacinthe. Ogulloso de mi altura, navego en blancas naves a Bizancio. Soy un príncipe en este Sur despiadado. Disculpen la irreligiosa vanidad. Vestiduras atónitas de penumbra y noche se posan en el jardín de la casa de mi aldea. Las palabras son máscaras de oro con ojos de esmeralda.
