
Mi familia equipó a sus vástagos con todas las ventajas educativas, no con trapitos ni bolsos Louis Vuitton, que eso es cosa de horteras rematadas con pinta de musas de camioneros, como las mujeres de los futbolistas. Un rubí no es un guijarro ¿Por qué escribo? Lo más probable sea que para recuperar aquel gorgoteo de agua de pila bautismal entre oros de mi niñez. Hasta Dios pasaba las vacaciones con nosotros. En mi infancia tuve el cielo y también el gendarme del cielo.
Nací pasajero de primera clase. En una quinta a las afueras de Barcelona, un palacete con cocheras, jardines, piscina y un pequeño huerto. Los rostros de mi familia, ante el vívido círculo de luz de las lámparas, sin duda pertenecían al de los elegidos con porte, con algo inquebrantable y todavía inmortal. Escribo para unirme a ese ejército de embajadores art large de cine americano.
Mitos precisos, con horror a la vaguedad: lana italiana entremezclada con seda, whisky caliente con azúcar y limón, frutas del trópico, vinos de viñedos bordeleses, ligera carbonización de las grasas del asado a la parrilla.
Escribo para recuperar mis mitos infantiles perdidos. No por la vulgaridad de ser querido (que me importa una m…) ni para volverme rico sufragado por cientos de miles de lectores que hoy babearán por el gollete de la botella de cerveza mientras ven el fútbol, ese circo de lerdos Hacendado.
***
«Mi infancia no fue para mí un jardín, sino un universo completo; un reino donde cada objeto poseía el esplendor del descubrimiento. El lujo no estaba en las cosas, sino en el modo en que la luz entraba en la habitación, en la dignidad radiante de las personas, en su porte. Mi nostalgia no es por un país, sino por el clima moral de aquella casa, donde incluso la sombra era distinta. Cuando escribo, no hago sino volver a ese espacio de resplandor extinto para rescatar, del naufragio del tiempo, ciertos fragmentos de gloria», Nabokov.
«Para mí, el paraíso perdido es esa sala donde la lámpara suspendía un círculo de oro sobre los rostros de mi familia, iluminándolos con la inmortalidad que tienen los seres amados cuando somos niños. La infancia es un santuario cuya huella nunca desaparece: todo lo que escribo no es sino el intento de reencontrar aquella fuente bautismal donde el mundo se ofrecía como un milagro», Proust.
«Nosotros éramos los leones; ellos son los chacales. La vida se ha empeñado en igualarlo todo, en arrastrar hacia la plebe cuanto era distinción y elegancia. Pero la sangre antigua se reconoce incluso en la decadencia: hay maneras de mirar, de moverse, de callar, que ningún levantamiento democrático podrá jamás otorgar al hombre vulgar», Lampedusa.
«La vulgaridad no se contenta con existir: aspira a ser universal. El hombre mediocre desea un mundo sin alturas, una llanura interminable donde no haya diferencias que hieran su amor propio. Por eso las sociedades modernas celebran al imbécil y sospechan del inteligente: lo alto molesta, lo bajo tranquiliza», Gómez Dávila.
«Todo está lleno de ruido, de gente satisfecha de su estupidez. La multitud mastica y gruñe frente a las pantallas como si la vida fuese un circo para animales amaestrados. Quien conserva un poco de lucidez se siente extranjero, condenado a mirar desde fuera ese océano de mediocridad triunfante», Céline.
