Ad hominem 91

En mis diarios escribo música verbal (al menos al modo de tentativa), en mis novelas -dos inéditas escritas en catalán y la embrionaria «El transportista de pianos»-, sin desdeñar el lenguaje, el énfasis lo pongo en el hilo grueso de la trama. Si la trama no vibra, la novela queda muerta.

Los juegos de espejos, los mecanismos encantados, el «cómo ocurre», me parece menos esencial que el «qué ocurre». Me gustan novelas con argumento y con estilo; con buen argumento y sin estilo, y bien escrita y sin argumento, ambas posibilidades, me parecen aberrantes.

Si el lenguaje se ajusta a esa verdad interior del protagonista, entonces la ficción respira. La novela es un radar: capta señales dispersas, conversaciones cortadas, papeles rotos, informes clasificados. El lenguaje es nuestra forma de ordenar el terror.

Chesterton: “La imaginación no es la facultad de escapar del mundo, sino de verlo mejor. El loco no es el que imagina demasiado, sino el que imagina demasiado poco: reduce el universo a un solo hilo, el de su obsesión. La imaginación amplia la vida; la paranoia la angosta” Esta cita me viene como anillo para mi protagonista.

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