
Dostoievski: “Un personaje no es un retrato: es un campo de batalla. En él chocan dos o tres ideas fundamentales que la vida no resuelve por sí misma. Los héroes planos existen en el periodismo; en la novela solo existen las almas en discordia. Si el personaje no arde por dentro, la trama no tiene nada que mover”. Y Henry James: “Lo que hace vivir a un personaje no es su historia exterior, sino su percepción. La novela es, ante todo, el arte de la conciencia. Un personaje memorable es aquel a través del cual el mundo se vuelve interesante, ambiguo, complejo. La acción nace de la visión”.
Creo que un personaje bueno de novela es la corriente de pensamientos, sensaciones, recuerdos y oscilaciones que lo atraviesan sin cesar. La novela debe mostrar cómo la vida interior se rompe, se recombina, se ilumina. Si están bien construidos adquieren una vida tan intensa que compiten con nuestros recuerdos. Una novela sin personajes de carne y hueso es un esquema sin latidos. A mí lograr un personaje así me cuesta mucho; me suelen quedar planos, encarnando un dócil plano. No sé hacer personajes vivos, que evidencien la vida, que vivan a la vez entre dos polos, que vivan de sus zonas en sombra. Me cuesta imaginar esos detalles que los vuelven memorables y que, más que cambiar, revelen algo de sí. Debo aprender olfato narrativo, y que mis seres no nazcan tan acartonados. No es humildad, sino plena conciencia de las dificultades y de mis limitaciones.
