
Sueño con un lector lejano, alguien que aceptará entrar en estas regiones donde yo mismo tiemblo y grito. El lector es mi cómplice secreto. No necesito muchos, necesito uno en estado de gracia. Si una sola persona comprende lo que he querido decir sin saberlo, ya no escribí en vano.
Aunque me presente muchas veces como un diarista solitario, fracasado y sin éxito, un aristócrata mental, un lector retraído y casi monástico, mi escritura -e incluyo sobre todo a la futura novela «El transportista de pianos»- está movida por algo distinto: una intensa necesidad de comunicación, un deseo de que la conciencia encuentre eco y un anhelo legítimo de interlocutores verdaderos.
No se escribe para multitudes, muy probablemente; se escribe para aquel que será capaz de escuchar el latido que escondimos. Se escribe como quien busca un amigo que algún día encontrará. Philip Roth: «Lo único que puede desear un novelista es un lector feroz, atento, capaz de seguirlo hasta el final del laberinto”.
Ese anhelo no tiene nada de “traición al ideal del escritor puro”.
Al contrario: la literatura nació como intercambio, como acto social, como “llamada” a otros. Lo verdaderamente anti-literario sería desear no ser leído. Kafka: “No podría vivir sin escribir. Y si alguien me leyera, sería menos oscuro mi destino”, Borges: “Ser leído es una forma de ser amado”.
Sin lectores, la novela muere sin haber nacido.
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“Un libro no existe hasta que alguien lo lee. Antes es solo papel. El lector es quien enciende la chispa, quien anima las sombras del texto. Si logro tener un lector así, uno solo, ya no pedí nada más”, Paul Auster.
“Ser leído es una forma de ser amado. El escritor no pide otra cosa: que su voz encuentre una oreja amable, una inteligencia dispuesta. Los libros deben ser un diálogo, no un monólogo infinito”, Borges.
“Se escribe para los amigos que aún no conoces. Si la literatura no llega a nadie, no es literatura: es un ejercicio de respiración. El lector verdadero aparece cuando y donde quiere; y cuando aparece, te justifica la vida entera”, Bolaño.
“¿Para quién escribo? No para la masa anónima, sino para un lector que aún no conozco, alguien que piensa con su propia mente y respira en mis frases. Ese lector es mi compañero secreto: lee en silencio lo que yo he dicho en voz baja. Escribir es enviar señales a un desconocido inteligente”, Virginia Woolf.
