
Arsenius de Eboracum, en «Meditationes Solitariae», escribió: «El mundo teme a los hombres que viven hacia adentro. Les llama ociosos, pero en su ociosidad horadan la roca donde la comunidad asienta su templo. El escritor es un anacoreta que habla a las generaciones futuras con una lengua que sus contemporáneos no comprenden. Asimismo ese anacoreta custodia los grandes valores impersonales. No debe servir a su nación o a sus pasiones, sino a la justicia, a la verdad, a la belleza, a la razón. En caso contrario, se convierte en sacerdote de la violencia».
¿Intelectuales hoy? No los hay. Fueron insensiblemente sustituidos por charlatanes, mentirosos, farsantes, místicos de segunda categoría, conformistas sin una sola idea sólida, falsos amigos o enemigos declarados de la democracia y otros colectivos de dudosa base racional.
Rebus sic stantibus, nos toca estudiar mucho, pensar con finezza, no prestar atención a la televisión, argumentar con osadía y rigor, evitar gomosos clichés, y tener un amor insobornable por la verdad. La clarividencia cae en saco roto en estos tiempos de habladores superficiales sin tasa. No nos sometamos a las consignas ni a las ideologías, al silencio cómplice, al entusiasmo gregario, a suministrar obediencia al mercado.
Tengamos los suficientes escrúpulos para no convertir el espíritu en espectáculo.
