
La influencia literaria, nos dejó escrito Harold Bloom, es una forma particular de relación entre autores fuertes, una relación que en su esencia es de tipo rival. El poeta vive en una dialéctica en la que debe interiorizar a sus predecesores y, al mismo tiempo, debe falsificarlos dentro de sí para hacerse un espacio propio. Solo puede existir a través de una lectura profundamente errónea -creativa- de los que lo preceden. La historia de la poesía no es una sucesión de estilos, sino una sucesión de grandes malinterpretaciones. No sé hasta qué punto tales asertos pertenecen a la mitología o a la verdad. Pero mi obra es un manual de esa «lectura errónea creativa»: recibo a Valéry, a Joubert, a Renard, a Gómez Dávila, pero los desplazo, los hago hablar en otro registro, los doblo hacia mi propio ritmo. Pero también tergiverso a Roger Penrose, a Jean François Revel, a Ronald Clark, al matrimonio Kneale. Prosas, generosas influencias, del gran parque de Versalles, dorado en octubre y en noviembre con el halo de tristeza que produce la caída de las hojas.
¡Mofa a la mollera rancia de tantos malos escritores! Los grandes autores no son modelos, sino depósitos de energía. En ellos el escritor encuentra frases no para repetirlas, sino para desencadenar una tensión nueva. Lo que le debemos a los grandes escritores no es la forma de sus obras, sino la forma de nuestros propios pensamientos. Ellos han depositado en nosotros una especie de lente, y con ella todo el universo cambia de perspectiva. Esto describe muy bien cómo absorbo a Musil o Valéry: no los imito, me convierto en otro mediante ellos.
Mis libros son una técnica de organización de presencias: un coro gobernado por un solista que, sin embargo, deja oír las respiraciones ajenas. Lo expresó muy bien Valéry: «No pienso solo: pienso con lo que otros han dejado en mí. Pienso con restos, con residuos, con invitaciones. Cada pensamiento mío está invadido por presencias antiguas, por gestos intelectuales ajenos. No existe originalidad absoluta, sino una manera singular de organizar lo heredado, de permitir que la memoria trabaje por nosotros».
Concluyamos esta nota con Aureliano Montfaucon, que, en «De Hereditate Litteraria» (Lyon, 1712), dejó dicho: «Nadie escribe en soledad. Por muy retirado que esté el autor, lleva bajo la capa un senado de sombras. Cada frase vota en silencio, cada imagen proviene de una larga genealogía. El verdadero escritor nunca es uno: es una república antigua cuyas leyes fueron escritas mucho antes de su nacimiento. ¡Qué error creer que se crea ex nihilo! Se crea ex omnibus». Vale.
