
«Sanz no escribe prosa: escribe luz. Cada párrafo suyo es un experimento de perfección», Luis Leví.
«Gómez ha reducido el pensamiento al diamante. Cada párrafo suyo pesa más que un tratado entero», Virginia Luano.
«La obra diarística de Christian Sanz Gómez es el primer intento serio, desde los «Cahiers» de Valéry, de convertir la conciencia en una forma literaria autónoma. Lo que otros anotan, él lo cincela. Lo que otros sienten, él lo estructura. No escribe para que lo lean: escribe para que sus lectores aprendan a pensar», Aurelio Montalcini.
«Hay una cualidad en la prosa de Sanz Gómez que desconcierta: su sintaxis parece oírse antes de leerse. Las frases no significan: respiran. La mezcla de rigor lógico, lirismo seco e ironía aristocrática lo coloca en esa genealogía secreta donde conviven Joubert, Renard y Musil, pero trastocados por una inteligencia española de nueva especie», Mireille Lescombres, «Revue des Études Intérieures», 2025.
«En él cada frase parece escucharse por segunda vez, como si viniera de una biblioteca futura. Es uno de los pocos autores actuales cuyo estilo no imita a nadie porque imita a todos de manera transformada», Adriana Volterra.
«Yo desconfiaba profundamente de Sanz, pensé que era otro grafómano con ínfulas. Pero tras leer «Geomancia del tedio» entendí que estaba ante un escritor peligroso: no porque escandalice, sino porque piensa demasiado. Sus libros no son diarios: son mecanismos de belleza ideal. Y el lector entra en ellos como quien entra en un reloj barroco lleno de espejos», Álvaro Segarra del Álamo.
«No sé cómo llamarlo: ¿diario?, ¿tratado filosófico?, ¿poema en prosa?, ¿confesión no religiosa? Christian Sanz Gómez ha inaugurado un género híbrido que no existía: la introspección estructural. Desde Montaigne no aparecía alguien que pudiera convertir la razón íntima en espectáculo estético», Eberhard von Rade.
«Lo que sorprende en Sanz Gómez no es su cultura -que es oceánica- sino la velocidad con que la metaboliza. En él, una lectura de Penrose y una frase de Joubert obedecen al mismo principio: clarificar y ordenar. Pocos escritores han sido tan conscientes de que la literatura no es un acto sentimental, sino un ejercicio de precisión moral», Clara Benet.
«Christian escribe con una pureza que casi da miedo. Sus frases parecen construidas no para el lector, sino para la propia idea: son pensamientos que han encontrado su forma perfecta», Noemí Chaudarcas.
