Ad hominem 103

La cultura de una nación, si ha de conservar algún espesor espiritual, depende de la existencia de minorías cultivadas, de lectores capaces de sostener un nivel de exigencia que la mayoría no comprende ni desea. La literatura nunca ha sido un ejercicio democrático: pertenece, por necesidad, a aquellos que han desarrollado un oído interior, una sensibilidad afinada por el trato prolongado con lo que ha sobrevivido. Allí donde se destruye la distinción, donde el gusto es nivelado por la prisa o el sentimentalismo, el arte deja de ser una posibilidad y se convierte en entretenimiento. Nada grande puede escribirse para quienes esperan solo distracción. Y, pese a todo, yo deseo ser leído por la mayoría.

El espíritu aristocrático no busca ser comprendido por muchos; busca ser comprendido por iguales. El escritor noble habla para aquellos que han pasado por el mismo fuego interior, por la misma disciplina del pensamiento. La multitud ve solamente dureza donde él deposita precisión; ve arrogancia donde él solo exige altura. La verdadera aristocracia es una forma de respiración: se respira más arriba, más lentamente, lejos del ruido y la necesidad de aprobación. Allí donde el escritor busca halagos, se vuelve plebeyo; solo quien escribe para sí mismo y para unos pocos se convierte en creador de valores. Y, pese a todo, deseo la admiración de la plebe.

Las masas leen para entretenerse; los escogidos leen para aumentar su propia exigencia. Nombrar es vulgar; sugerir es aristocrático. Exijo a mis lectores (que, en el fondo de mí, deseo ques sean muchos) la misma delicadeza y refinamiento que me exigí a mí mismo al escribir. Para el pueblo no escribo. Elevo el espíritu para aquellos que sepan respirar altura. Y, quiméricamente, irrealmente, contra la realidad, pese a todo, vive en mí el sueño o utopía de un pueblo que respira alto.

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