Ad populum 8

La literatura, la ciencia, el saber, cuando el corazón es rama de mirra, cuando la luz del torrente se adentra en el mar. Permítanme una idea pesimista: en Occidente, el público sabe leer y escribir, y puede votar, pero, a mi juicio, carece totalmente de las cosas en verdad fundamentales (nunca existirá una cultura ampliamente democrática de alto nivel)

A veces -aunque sufro muchas contradicciones al respecto- creo que el público de la alta cultura debe tomar conciencia de sí mismo y empezar a dar signos de cierto «esprit de corps», pretendiendo niveles cualitativos más elevados y separándose alegremente, implacablemente, de culturas más bajas en la pirámide. El público omnicomprensivo no es nada, es un fantasma, una monstruosa abstracción.

El público en general, aunque indispensable para la vitalidad económica de una sociedad, nunca ha sido el agente que mantiene viva la gran tradición. La demanda masiva puede estimular la producción, pero no asegura la calidad, y menos aún la continuidad. La alta cultura no está hecha para ser digerida como información o negocio, sino para ser experimentada como forma.

No se equivocaba Northrop Frye en «The Educated Imagination»: «El público general no tiene la culpa de no comprender la literatura más elevada; la causa es que no vive en un entorno donde la imaginación haya sido formada, domesticada, entrenada. La alta cultura no es un privilegio: es un aprendizaje prolongado. Sin ese aprendizaje, la obra maestra no comunica; simplemente desconcierta. El artista escribe para todo el mundo, pero solo unos pocos han aprendido a oír el tono, a percibir la estructura, a interpretar los símbolos. La educación de la imaginación es el puente que une la élite creativa y el público, pero ese puente no se cruza sin esfuerzo».

La ciencia, la cultura, las Letras, copas de diamante en el espacio, nuevas palabras contra la risa de la muerte.

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