
El joven serio -no fui uno entre ellos-, intuitivo y con madera de sabio, rara vez lee muchos libros; sabe, por instinto, que solo unos pocos son necesarios para educar a la mente, y vuelve a ellos con la fidelidad del amante. El que lo lee todo no lee nada: su espíritu se desliza sin detenerse.
Como quien lee un devocionario, una biblia y un almanaque repetidamente, vez tras vez, la lectura vertical, intensiva, repetitiva, exploratoria hacia la raíz, profunda, es un tipo de lectura que cava un pozo en lugar de recorrer una ancha y larga llanura, a menudo baladí. Un libro releído diez veces se convierte en parte de tu estructura cognitiva. La prosa de un escritor se forma no por la cantidad de libros leídos, sino por la frecuencia con que un puñado de libros la ha modelado. El estilo se forja por sedimentación, no por dispersión. Cien lecturas superficiales no producen estilo; diez lecturas profundas, sí. Si lees hondo acumulas convicciones, no datos, ni temas para hablar en la tertulia de moda.
Con algunos (demasiado pocos y no vehementemente) autores, yo hice un trabajo minucioso; me fijaba en cómo adjetivaban, volvía sobre sus frases, las desmontaba hasta «escucharlas». Pero yo fui más un turista intelectual que un lector auténtico o fiel. Nunca leí tanto y nunca comprendí tan poco. La inundación de libros -mal de los dos últimos siglos, aumentando con un ritmo vertiginoso- impide deternerse en el oro muy escaso que circula entre ellos. La dispersión es el mal desde la revolución de la imprenta. A Shakespeare, a Dante, a Tácito, a Valle-Inclán, a Cervantes, no se los lee: siempre se los vuelve a leer. Una sola lectura es siempre, irremediablemente, algebraicamente insuficiente.
Leer sin releer es como no leer.
