
Madrugada. Insomne, ansioso y desvelado. Me pesa la noche como si me estrangulara una negra y sucia media de mujer, como si tuviera una rata moviéndose dentro del pecho. La conciencia es un animal tembloroso que ronquea. Con el cuerpo inmóvil en la cama oigo pasos, advierto presencias, como de desfigurados y enanos pallasos macabros. La sombra latiga mi corazón acelerándolo igual que si se estampasen bloques de estorninos contra la pared.
La aldea duerme, pero claridad fría, muy fría de miedo. Me aferro a un hilillo de vida y cada segundo amenaza al instante con quebrarlo. Todo adquiere una nitidez insoportable: la respiración, el mínimo crujido, el peso invisible de las horas que no pasan. El silencio es cemento. La soledad, un lobo rabioso. Un lodazal en la garganta seca. Una pinza real arrancándote cada uno de los dientes. Miedo. Miedo. Miedo y silencio. Una serpiente enroscándose entre la maleza del cerebro. La sangre, caliente y ruidosa.
Todo es extraño. Todo es inquietante. La inquietud pura, la conciencia sin sostén. La madrugada, lejos de traer alivio, intensifica esa tensión. Uno siente como si una fuerza invisible apretara la mano sobre su cabeza. Y comprende lo cerca que está del último abismo.
