Ad populum 13

Seguramente la crítica tiene una función respetable, pero, no se olvide, el acto de crear es más importante que el acto de juzgar. Los veo -a los críticos- como una tribu lastimera, acaso erudita, pero un si es no es patética. Cada una de sus ironías me suenan a derrota personal.

Yo nací a la literatura mortificado por la crítica y la muchedumbre. En 5º de EGB gané un concurso de redacción en clase y, al leerlo, sentí, después de acabar mi exposición, el silencio denso y odioso del agravio y la incomodidad. Mis compañeritos eran como hutus pretendiendo exterminar simbólicamente a un pobre tutsi como yo. Creo probable (disculpen) que mi cuento sobrepasara las capacidades intelectuales de mis condiscípulos ¿Consecuencia? La apartada soledad. Tal fue mi destino, mi indefectible símbolo.

Descubrí con once o doce años que mi palabra me escindía del grupo. Esperaba aprobación y el aula, en cambio, me rechazó hostil. Buen aprendizaje. La masa infantil -cualquier masa- siempre reacciona igual: con burla, con incomodidad, con resentimiento. La inteligencia despierta rechazo y la literatura, en mi caso, nunca me convirtió en un tipo popular y querido.

La sociedad me tolera del mismo modo en que se tolera a un enfermo contagioso, a un estigmatizado, a un leproso: con una mezcla de ocasional fascinación y constante prevención. Soy un extranjero entre la sociedad de hombres ordinarios. E. M. Cioran, «Précis de décomposition»: «El escritor es el eterno desterrado: incluso rodeado de hombres, está solo. No puede hallar reposo en ninguna sociedad porque su oficio es precisamente descreer de ella. La multitud lo repugna: ve en ella la refutación de toda altura. Y, sin embargo, esa repugnancia es la otra cara del amor que siente por los que sufren en silencio. El escritor vive en el borde del mundo, como un vigía melancólico que sabe que no hay nada que vigilar».

Acepto mi destino. Solo puedo fingir, actuar en el teatro de los hombres. Si me mostrara tal cual soy, se evidenciaría que soy un intruso en la plaza publica, un desplazado sin hogar, un apaleado con los huesos rotos.

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«El hombre que siente de verdad, que piensa de verdad, que crea de verdad, nunca está del todo en la plaza pública. La multitud le es ajena, y él a la multitud. Camina entre sus semejantes con la sensación de ser un extranjero en su propia patria, porque su patria verdadera no está hecha de carne, sino de espíritu. Y como el espíritu no llena teatros, se ve obligado a morar en soledad. Esta es la tragedia del escritor: ser contemporáneo y, sin embargo, no pertenecer a su tiempo», Unamuno, «Vida de don Quijote y Sancho».

«La masa repele al individuo que mantiene su conciencia despierta. Por eso el escritor, que vive precisamente de esa vigilancia perpetua, no puede ser masa ni formar parte de ella. Cuando entra en el grupo, lo hace como un cuerpo extraño del que la colectividad quiere deshacerse. La masa aspira a lo uniforme; el escritor es, por definición, irregular. Esa irregularidad es su riqueza, pero también la fuente de su exilio», Canetti, «Masa y poder».

«El hombre selecto, el que aspira a algo más que a seguir el compás de la multitud, vive en permanente minoría. Su destino es el de la soledad. No puede esperar comprensión inmediata, porque su vida interior atraviesa regiones a las que la masa no accede. Su aislamiento no es pose: es estructura. Y cuanto más auténtico es su esfuerzo creador, más se agranda la distancia entre él y el público, que se siente desconcertado ante cualquier altura que no pueda nivelar», Ortega y Gassset, «La rebelión de las masas».

«Siempre me sentí forastero entre mis semejantes. No por voluntad, sino por destino. Entre los hombres aprendí pronto que ser distinto es una forma de exilio. Y en ese exilio descubrí la poesía: una lengua que me permitía existir como no podía existir en la vida diaria. La multitud apenas tolera al que no se le parece. Yo aprendí a vivir fuera de ella, en un país más verdadero y más solo», Cernuda, «Ocnos».

«Quien escribe desde la hondura adquiere un tono que lo separa de la charlatanería pública. Y esa separación, aunque a veces sea dolorosa, es necesaria. Nada grande puede escribirse desde el bullicio. El escritor tiene que mantenerse al margen, desescuchando el ruido, desatendiendo los reclamos de la masa. Su oficio es, en el fondo, una forma de exilio voluntario», Rafael Sánchez Ferlosio, «Ensayos y artículos».

«Siempre he caminado por las calles como un forastero. Los ruidos, los movimientos, las prisas de la gente me llegaban como si pertenecieran a otro mundo. Esta sensación de exilio, de extranjería cotidiana, no me abandonó jamás. Creo que de ella nació mi vocación: de la necesidad de fijar en palabras aquello que no podía vivir plenamente entre los demás», Azorín, «Confesiones de un pequeño filósofo».

Perdonen este tsunami de citas, que, así acumuladas, cansan y aburren al lector en estos tiempos de lectura light, apresurada y en zigzag. Pero la idea que expresan es casi universal, e irrefutablemente (pocas dudas caben) verdadera.

Si escribe, afine su soledad. Será su refugio único y seguro, su ininterrumpida ciudadela secreta.

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