
La cita, en mi caso, no es un adorno ni un apoyo argumental; es una prueba de nobleza; un no recurrir a la autoridad, sino el invocar a la selecta tradición como en una sesión de espiritismo. Cito mucho. Las citas son como el pasaporte o la contraseña del intelectual. Me parece sonso decir «con mis propias palabras» lo que con palabras inigualables e inmejorables dijeron Montaigne o Azorín o Proust, o Pater o Nabokov. Son obtusas, a mi juicio, las perífrasis. En la traducción siempre se pierde calidad, porque uno (inevitablemente) tiene menos valor -infinito menos valor liteario- que el de los Inmortales. Las citas a menudo las atribuyo falsamente, o las reformulo modificando la voz original del autor (no demasiado, desde luego), o las invento: mis libros están llenos de apócrifos. Forman parte de mi JUEGO literario, de mi savia literaria. Pertenecen las citas a la página igual que una preposición, un nombre o un adverbio. Es una «ars combinatoria», una falsificación creadora, un ejercicio irónico y, sobre todo, una forma de inscribir mi voz en la genealogía de los muertos ilustres.
Los ecos crean densidad cultural, convirtiendo el texto en esa rara belleza, ese linaje llamado «aristocracia cultural». Pero, como falso aristócrata, también lleno mis libros de autores con sus citas inventadas, autores ficticios que crean un canon alternativo del que soy simultáneamente maestro y discípulo. Cualquiera de mis ideas está construida a partir de otras ideas, cualquier cojunto de palabras surge de otras palabras. Escribir es acompañar. Y citar no es repetir, sino reanimar.
Lo explicó maravillosamente E. Rausselin en «De la tradición secreta», Taurus, pág. 337: «Los escritores que inventan citas no engañan a nadie: revelan, en cambio, la verdad profunda de cualquier ejercicio en que consiste citar ¿Acaso no es cada cita una invención del que la usa, la retuerce, la corta, la ilumina de otro modo? La atribución falsa no es una mentira: es una proclamación de lealtad a la belleza. Incorporar fragmentos ajenos es como ver ilumiada una vidriera en una catedral. El escritor que cita es un alquimista siempre joven».
