Ad populum 15

«Los individuos creativos no temen la soledad; la buscan. En la soledad encuentran continuidad, profundidad y calma. Para ellos, el contacto social demasiado frecuente es tan agotador como para el resto lo sería una abstinencia prolongada. Sin embargo, incluso el más solitario de los creadores necesita algún tipo de relación humana significativa. La soledad es el suelo fértil de la vida interior; pero si en él no cae nunca la lluvia de un vínculo humano profundo, la tierra se endurece y se vuelve estéril. Nadie puede vivir enteramente de sí mismo sin pagar un precio emocional», Anthony Storr.

«La soledad aparece cuando la persona se siente incapaz de mostrarse auténtica ante otros seres humanos. Mantener la máscara durante mucho tiempo produce un agotamiento espiritual que no puede aliviarse con distracciones. La soledad más intensa no es la de quien vive aislado -pues esa puede ser elegida-, sino la de quien, estando en sociedad, debe representar continuamente un papel para ser aceptado. Esa persona termina sintiendo que su verdadero yo no tiene testigos, y esa ausencia de testigos es, psicológicamente, devastadora», Rollo May.

«La soledad no es simplemente estar solo. Es una experiencia subjetiva de desconexión que puede irrumpir incluso en medio de la multitud, incluso rodeado de amigos. El organismo humano ha evolucionado para vivir en compañía: cuando percibe aislamiento prolongado, interpreta esa situación como una amenaza. El cuerpo entero entra en estado de hipervigilancia, como si estuviera en territorio hostil. El solitario crónico no se siente solo porque sea débil, sino porque su cerebro funciona correctamente: está detectando la falta de vínculos profundos. Para aliviar la soledad no basta cambiar el entorno; es necesaria la presencia real de otro ser humano con quien exista reciprocidad emocional. Sin ese puente, la autoconversación se vuelve estéril, y el mundo pierde relieve», John Cacioppo.

«Yo amo a quien ama su propia alma, porque así no necesita mendigar afectos ni someterse a la multitud. Pero el que vive demasiado lejos de los hombres corre el riesgo de olvidar cómo hablar con ellos. La soledad es buena para el espíritu que desea hacerse señor de sí mismo; pero el mismo espíritu, si permanece en ella demasiado tiempo, empieza a perder la medida, y la altura se convierte en abismo. Nadie puede pensar grandeza sin retirarse del rebaño; pero nadie puede vivir únicamente de grandeza sin volverse un desierto», Nietzsche.

«El hombre que lleva dentro un alma distinta no soporta durante mucho tiempo la vida social. Se adapta, sonríe, conversa, pero su interior permanece retirado. Este retraimiento es su orgullo y su condena. El lobo estepario no odia a los hombres; simplemente no puede respirar en su mundo. Y, sin embargo, ninguna criatura puede vivir en absoluta soledad: incluso el lobo necesita la mirada de otro ser para recordar quién es. Su tragedia consiste en que su sed de profundidad lo separa de todos aquellos con quienes podría convivir, y su sed de compañía lo obliga a buscar, una y otra vez, aquello que en realidad teme», Hermann Hesse.

«La soledad es mi patria. Y, sin embargo, ninguna patria basta. Se cree que el solitario elige su condición; pero lo cierto es que está poseído por ella. Solo en la soledad soy libre, pero esa libertad tiene el peso del vacío. Cada día descubro que no puedo vivir sin los hombres, y que tampoco puedo vivir con ellos. Lo único soportable es la escritura: un monólogo que imagina un interlocutor invisible», Cioran.

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