Ad populum 16

Pese a que en mis diarios hago mofa, burla y befa de la doblez vacía del lenguaje de nuestros políticos, o bien escribo poemas satíricos sobre la corrupción y nuestro atraso inmemorial, o me quejo de la secular ignorancia española (soy de la raza más típicamente española: la de los españoles descontentos o enrabietados con España), pese a todo, en absoluto soy -todo lo contrario- un escritor político o social.

Deseo que mis libros enseñen a vivir su soledad al lector, y así desarrollen su introspección y su auto-conocimiento. Y que conecten con emociones universales, a poder ser de la especie más alta. Quiero que mis lectores ejerciten esa habilidad espiritual de lograr sentirse cómodos en su propia piel. Descreo de funciones cívicas o de cambio social mediante la literatura. Con mis libros deseo expandir el «yo» a través de la confrontación con los miles de textos canónicos que cito, no como un fin en sí mismo, sino como una vía para encontrar la sabiduría.

Y que crezcan -ars gustus- atravesados por valores estéticos puros. Y aprendan – ars scientia- sostenidos por la fuerza cognitiva o la semilla de la verdad. Y que se iluminen -ars subtilis- gracias a la lumbre de la elucidación, del consejo dado uno a sí mismo, previa y abundante reflexión. Prefiero la prosa y la poesía suculentas a la prosa y la poesía revolucionarias.

Quito de mi literatura el foro político para poner en su lugar la conciencia, pues no pretendo regenerar naciones ni redimir sociedades, sino afinar mentes, enseñar a mis escasos lectores a habitar plácidamente su soledad. Y que cada uno recorra sus laberintos interiores sin preestablecidos mapas ideológicos o dogmáticos.

«El artista no debe ser ni demócrata, ni monárquico, ni socialista, ni conservador. ¡Que los imbéciles se comprometan! El escritor no tiene otra patria que la bella lengua que escribe. Me repugnan las doctrinas que quieren poner la literatura al servicio de cualquier causa; la literatura no sirve a nadie, porque es un fin en sí misma. La misión del escritor consiste en crear belleza, no en mejorar a la humanidad. ¡Que cada cual se cure como pueda», Flaubert.

Y Pessoa: «Desprecio toda forma de acción. El único revolucionario verdadero es el que se transforma por dentro. Lo demás es teatro para gentes ansiosas. Mi deber no es mejorar el mundo: es descifrarme».

¿Transformar el mundo o transformar el yo? Acaso falso dilema. Para Sartre, cada palabra suya era un compromiso; quien escribe sin querer cambiar nada es, afirmó, como aquel que habla sin querer significar nada. La literatura, añadió finalmente, es un acto: nombra y transforma. Brecht o Neruda tuvieron ideas similares.

Montaigne escribió palabras que yo podría poner en mi boca sin el menor cambio: «No escribo para el público, sino para mí mismo. Si me ocupo de los asuntos del Estado es solo de pasada, por accidente. Lo que busco es aprender a vivir conmigo, a ordenarme y a conocerme. Quien se gobierna a sí mismo hace bastante por la sociedad». Los Estados pueden reformarse con leyes; el espíritu solo se reforma con lenguaje. Las grandes obras no crean revoluciones: crean conciencias alertas, que es lo único que puede frenar a la barbarie.

Alumbremos la soberanía racional. La poesía no cambia al mundo, cambia al hombre.

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