
«La belleza estaba entonces resplandeciente al contemplarla con la bienaventurada banda de los dioses: visión pura, luminosa, simple, dichosa; nosotros seguíamos la rueda de Zeus viendo esta belleza. Y en la vida presente, cuando un alma advierte la belleza en un rostro, se estremece, siente en su interior el recuerdo de aquel resplandor divino, le brotan alas. Porque nada en este mundo tiene fuerza tan grande para hacer renacer lo divino en nosotros», Platón, «Fedro».
«La poesía despierta y engrandece la mente. Deja al descubierto los velos que cubren la belleza del mundo, y convierte los objetos más comunes en algo divino. Un poeta participa de lo eterno; su obra es un instrumento de la percepción más pura», Shelley, «Defensa de la poesía».
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La belleza no son pamplinas ni gorgoritos ni migajas ni bagatelas. Son las venas por donde circula la sangre del universo. La belleza es el verde de los ojos al verla una tarde en el café, el relincho de un potro en la montaña, el sol orgulloso y exaltado calentando el rostro.
La belleza es el caballo al que se suben los jinetes de las palabras. Muchas cosas tienen una arrebatadora función estética, empezando por el lenguaje. La palabra «frámea» es niebla en una montaña conquistada por senderos y pendientes, hasta llegar a la cresta ventosa de la cima. La palabra «alhelí», con sus eles silabantes y su «i» de re de flauta, es un resplandor en la médula de los labios. Siento la electroquímica de palabras y frases.
Me deleitan las palabras no por lo que significan, sino por lo que son en sí mismas: pequeños cuerpos con color, temperatura y textura. Palabras como «repastar», «galerna», «visaje», entretejidas de rayos tranquilos de rosa, enterradas en las melancólicas pupilas de los diccionarios, palabras que saboreo como quien saborea un fruto demasiado perfecto. Una palabra puede tener el brillo de una gema y un diamante, o la violencia de un latigazo en la espalda.
Mi experiencia sensorial con el lenguaje implica, involucra la boca, el oído, la musculatura fonética, la memoria y la emoción. La belleza no es ornamento, sino principio estructural del mundo; aquello por lo cual la realidad vibra, respira, musita y se ordena. Son vestidos flotando errabundos al lado de las lunas.
La palabra irradia imágenes, golems y homúnculos como crece la hierba en los jardines de las más lujosas casas.
