
Escribo y leo. Azuzante soledad. La lluvia cae en la noche con una suavidad casi litúrgica. Poco viento, casi soplando con una compasión bautismal. No, no es un aguacero brutal, tropical, ni mucho menos, sino un deslizarse lento del agua, un orvallo filtrándose por los tejados, por las cornisas, por los empedrados que ya nadie pisa en estas aldeas olvidadas y enigmáticamente silenciosas de la Galicia profunda. Hay un consuelo extraño en esta música callada, en este derramarse calculado del cielo. Nada permanece excepto la caída suave, el rumor que me exilia de mí mismo y que, sin embargo, me devuelve a un lugar anterior, o más mío, o más secreto. Ese golpeo regular que conocen bien los pueblos de Galicia anticipa la muerte, su agonía y monotonía. Una lluvia que no empapa, sino que se diría que penetra mágicamente: atraviesa la ropa, la piel y el alma con paciencia diabólica.
Álvaro Cunqueiro: «Chovía en Mondoñedo con ese seu xeito de chover antigo, como se a auga viñese non das nubes, senón das historias contadas polos mortos. Era unha chuvia fina, teimuda, de fío dourado na luz das farolas. As pedras respiraban un vaho lixeiro, e un podía sentir que o mundo, naquela noite, era máis vello e máis verdadeiro. As noites de chuvia sempre queren dicir algo; só hai que saber escoitar».
Llueve despacio, llueve en mi soledad parada y silenciosa con suavidad de algodón, y las gotas resbalan por las balaustradas y por los tejados de los hórreos como lágrimas de un antiguo palacio en ruinas. La lluvia de la noche es siempre una plegaria antigua, un no sé qué incognoscible, y quien la escucha se siente dentro de una pequeña fábula.
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Coventual y fría es mi pequeña aldea en las montañas. En la ciudad, en cambio, en las discotecas, la fiesta avanza como un huracán de mariposas y águilas aztecas. La música, tan alta que parece sangre a borbotones, traspasa las paredes y persigue a los vecinos por las calles adyacentes.
Las mujeres, los hombres, los chicas y chicos bailan, se encabalgan, se tocan, se miran, se cruzan, se envían potentes dardos de deseo, y bailan, bailan y chillan de manera ardiente, circular, estroboscópica. Olor a alcohol mezclado con perfume barato. Neón y vestidos ligeros. El DJ -gran chamán urbano de la noche- repite el mismo ritmo tribal (la música golpea el estómago y llaga los labios) Cocaína y polvos rápidos en los retretes. Es delirante tanto brillo suspendido y milagroso. Desde la barra, los vasos mojados brillan como peces recién sacados del agua.
He desperdiciado mi vida.
